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Iván Baquerizo | El mundo como es

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La lectura es clara; estamos ante el nacimiento de un nuevo orden mundial. No toca celebrarlo ni lamentarlo, sino reconocerlo

Isaiah Berlin fue un filósofo liberal británico del siglo XX y uno de los grandes pensadores de la libertad moderna. En su obra Cuatro ensayos sobre la libertad, advertía que una de las mayores tentaciones del poder consistía en confundir los deseos con la realidad; creer que el mundo debe ser como lo imaginamos y no como realmente es. De ese error conceptual -sostenía- han surgido algunos de los mayores fracasos políticos. El liberalismo clásico nació precisamente de esa desconfianza frente a las utopías y de la convicción de que comprender la realidad se impone siempre ante cualquier supuesto buen diseño ideológico.

Ese concepto volvió a resonar esta semana mientras leía a un reconocido analista en geopolítica que sintetizaba, con crudeza y claridad, tres principios elementales hoy evidentes en el escenario internacional. Tres ideas incómodas, pero reveladoras, que ayudan a explicar buena parte de lo que ocurre y de lo que está por venir.

El primero es la gran competencia entre superpotencias. Estados Unidos y China no solo disputan poder e influencia, sino liderazgo tecnológico, comercial y estratégico. No se trata de palabrería; es una pugna real en la que los ganadores fijan las reglas y los demás se adaptan. Las potencias medias, particularmente Europa, siguen apostando a una globalización que ya no existe, sin advertir que ya son poco relevantes para los grandes actores.

El segundo principio es el retorno explícito a las esferas de influencia. Las grandes potencias reclaman zonas que consideran vitales para su seguridad. América vuelve a gravitar bajo una doctrina Monroe renovada; China consolida su proyección en Asia; Rusia intenta recomponer su predominio histórico. No es juicio moral, sino una constatación; el mundo se reordena con base en lógicas de poder y no de buenas intenciones.

El tercer rasgo es la llamada ‘deglobalización’, o más precisamente, una ‘regionalización estratégica’. El poder económico -y militar- usado sin pudor para imponer intereses. La retórica de las tarifas, usada más como instrumento de presión y disuasión que como dogma proteccionista. Lo tribal impuesto a lo eficiente. El libre comercio, antes incuestionable, hoy es relativizado con argumentos cada vez más endebles. Una curiosa mezcla de supuestas retórica liberal y prácticas abiertamente colectivistas.

La lectura es clara; estamos ante el nacimiento de un nuevo orden mundial. No toca celebrarlo ni lamentarlo, sino reconocerlo. Ante el evidente agotamiento del paradigma globalizador, los países con mayores probabilidades de adaptarse serán aquellos con economías abiertas, Estado de derecho, mercados libres y reglas claras. Una respuesta darwiniana ante un mundo cambiante.

Para el Ecuador, el desafío no es temer este nuevo escenario, sino comprenderlo, aceptarlo y aprovecharlo. De eso trata la geopolítica; de leer el mundo como es y no como quisiéramos que fuera. Lo contrario es propio de tanto arquitecto social frustrado, cuyas teorías han demostrado fracasar una y otra vez. Porque como advertía Berlin, con lúcida severidad: “La libertad para los lobos ha significado siempre la muerte para las ovejas”. Y en la pelea de elefantes, el que siempre sufre es el pasto.

¡Hasta la próxima!