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Iñigo Balda | La izquierda y los ilegales

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Si la gente no vota por mí, me construyo un electorado propio, fiel y al que mantengo con ayudas

En otro acto desesperado por mantener el poder, el presidente de España, Pedro Sánchez, ha anunciado que piensan implementar una megarregularización de inmigrantes ilegales que lleven más de cinco meses en España. Se prevé que casi un millón de personas obtengan permiso de residencia, o nacionalidad en algunos casos, a pesar de entrar a España rompiendo la reglas.

Sánchez ve que tiene casi perdida cualquier elección en la que se pueda presentar, y ahora que está completamente rodeado de escándalos grandes de corrupción, necesita un golpe de efecto: si la gente no vota por mí, me construyo un electorado propio, fiel y al que mantengo con ayudas.

No es ni el primero ni el último gobernante que hace esto para asegurarse victorias electorales. En Gran Bretaña el primer ministro Starmer está haciendo lo mismo, y los gobiernos de Obama y Biden hicieron lo propio. La izquierda moderna, en el estado de bienestar se ve perdida con la mejora de condiciones de vida, y los partidos de izquierda ven cómo poco a poco, al centrarse menos en el obrero, que era su público objetivo, se aleja en debates de género y otras hierbas del campo, y necesita movilizar el voto para poder seguir o recuperar el poder.

El fomento de la inmigración ilegal, el mantenimiento de estos individuos dentro con dinero público, con muchas ventajas y así fidelizando a estos ‘nuevos votantes’ es la dinámica que ha implementado la izquierda.

¿Y la gente que solía defender? Ya no me votan, ya no me importa. ¿El obrero? Le voy a subir los impuestos para poder pagar mejor a los funcionarios, así me gano al colectivo, para subvenciones de los sindicatos afines, a pesar de que ya casi no tengan afiliados sindicales, ya que la gente se alejó de estos viendo que en lugar de defender al trabajador defendían al gobierno, que les paga más, como perros fieles a sus amos. Esto hace que se cree un efecto llamada y cada vez más inmigrantes, sobre todo del norte de África, quieran ir a Europa, ya que sin trabajar un día pueden ganar hasta 2.000 euros al mes, aparte de hospedaje.

Esta gente viene sin apenas ganas de integrarse; al contrario, al ver que han llegado rompiendo la ley y se les pone alfombra roja, pues se sienten impunes. Más aún si al cometer delitos graves, a las horas están en las calles de nuevo. Esto ha creado una inseguridad en los barrios donde antes reinaba el voto de izquierdas, y ahora votan partidos de derecha, derecha fuerte, y hasta ultraderecha, al ver que la izquierda no solo no piensa en ellos, sino que les desea lo peor por “traidores”.

Pedro Sánchez está viendo que puede ir a prisión, porque o es un santo como dice él, o un tonto, porque hasta su mujer se ha aprovechado de su poder sin que él se de cuenta. O, como todos suponen, es corrupto, estaba al tanto de todo y ha tomado una última baja para intentar igualar el tablero: mete un millón de votantes fieles y ya luego ve con qué medida comprar los votos que faltan.

En la política de hoy falta la gente con ganas de arreglar las cosas, y sobran los que creen que el servicio público es el público para servirlos a ellos.