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Inés Manzano: Un cristianismo que excluye la cruz

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El crecimiento espiritual, como decía Carlos Valles, es importante no solo para el individuo sino para la sociedad

De Roma, a París, Madrid y cualquier parte del mundo, tenemos iglesias, que son monumentos en algunos casos con hermosas obras de arte, con reliquias de primer o segundo orden, de masivas visitas, y que demuestran el amor que inspiró Dios para embellecer una fe como la católica. Es un activo religioso sin parangón, no hay en ninguna otra fe religiosa un despliegue tan magno. En Ecuador las mejores obras de arte son las religiosas, de hecho la Escuela Quiteña se volcó a dejar su impronta en cada imagen devocional.

Los católicos son los seguidores de Jesús -como los evangélicos- pero con rituales que provienen del mismo Jesús como la bendición del pan y el vino en la última cena; creemos en la transubstanciación como el momento más importante y centro culmen de nuestra fe; y Jesús es el único que se proclama hijo de Dios “Felipe tanto tiempo conmigo y no me reconoces”. La Virgen es venerada al punto que existen cientos de advocaciones Marianas a nivel mundial, por ejemplo, Nuestra Señora del Quinche. Y no se ha “roto” la sucesión apostólica ininterrumpida desde Jesús hasta el Papa Francisco y todos los sacerdotes, hasta el que está en la iglesia católica más humilde. ¡Vaya fe! ¡Legado! Y sobretodo, ¡Amor!

Somos 1.390 millones de católicos; sin embargo, se visitan las iglesias sin conocer dónde está el Santísimo, pasamos sin hacerle una genuflexión. Nos hemos olvidado o ni sabemos de lo poco en lo formal, ni de lo mucho de fondo al momento de exigir al prójimo que cambie.

¿Es posible que el amor, la alegría del evangelio, la profundidad de conocernos se hayan desvanecido como los colores expuestos al sol?

¿Se ha privatizado la noción cristiana de la esperanza?, como sugería el Papa Benedicto XVI.

¿Son la modernidad y el individualismo los que están diciendo que Dios no es para resolver los problemas del mundo?

¿Se nos ha olvidado el sentido de misión de la fe católica ó nuestros afectos han cambiado de fuente donde nutrirnos para esa misión?

¿Será que podemos decidir por lo menos tres valores a defender para iniciar y contagiar el cambio? Y no hablo de sectas, ni repetir una fórmula o jaculatorias, o de tener estampas y rosarios, sino de refrescar nuestra libertad individual, de nuestra capacidad exultante.

El crecimiento espiritual, como decía Carlos Valles, es importante no solo para el individuo sino para la sociedad, y una práctica sincera para la religión misma. Vinos nuevos en odres nuevos.

José María Torralba, de la Universidad de Navarra, reflexionaba que hace falta el interés de transformar la realidad. La fe no se identifica con ninguna estructura política, pero tampoco se desentiende del destino del mundo. Es más la indiferencia del creyente que el laicismo rampante.

Quien cree, cumple con todas las esferas en la sociedad: respeta la ley, aporta con respeto, cumple sus obligaciones civiles, es ejemplo para su familia y colaboradores, y participa con su comunidad de una forma leal.

Cambiar una sociedad desde el ejercicio de los valores cristianos seguramente es un camino. No permitamos que prácticas antiguas, y la rigidez ensombrezcan realidades actuales que tanto necesitan de un cristiano conocedor del valor de la Cruz.