El mal ejemplo

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El mal ejemplo

Los malos ejemplos son más dañinos que los crímenes. Lo dijo Montesquieu, filósofo y jurista francés nacido en 1689, defensor de la separación de los poderes en tres: legislativo, ejecutivo y judicial.

En un pueblo no bien educado y con fuertes tendencias a la imitación de acciones y costumbres de otros países para nada relacionados con el nuestro, resultan peligrosas las actitudes que en su momento adoptan las personas llamadas a ser verdaderos ejemplos de honradez, sinceridad, apariencia y pulcritud.

En la familia es donde se inicia la educación, primordialmente con el ejemplo. De aquí deviene que, en hogares disfuncionales, los productos que en su momento entregarán a la sociedad carecen de principios que deberían aplicarlos en el diario vivir.

Si asisto a un acto de trascendental importancia, procuro estar acorde con la circunstancia. Si se va a conmemorar un aniversario de fundación de la universidad en la que me formé, me presento bien vestido para rendirle mi reconocimiento. Es lo menos que podría ofrecerle.

Si por razones inherentes a un cargo, estoy en el programa para, con mi oratoria darle realce al acto, mi compromiso es mayor, y si resulta que soy representante de la ciudad hay mil maneras de no desentonar.

Por desgracia, para ciertas autoridades su vida pública y aún la privada está expuesta a toda clase de comentarios, algunos no favorables.

Decepción es el sentimiento que siento al verme tan mal representado en todos y cada uno de los actos de la primera autoridad de la ciudad.

Los cambios de la persona luchadora contra el prófugo y lo que demuestra ahora, son abismales. Para mi forma de ver, son como el día y la noche.

No puede por amor exponerse al ridículo. Vacaciones y momentos de esparcimiento son para presentarse como le provoque, pero ejerciendo funciones para las que fue elegida, debe lucir bien, para que, con su imagen, eduque y haga que nos sintamos orgullosos de tenerla como nuestra primera autoridad.

Me imagino que ni la masonería está de acuerdo con la manera de actuar.

El Supremo Hacedor del Universo se tapa la cara. No aprueba su accionar público.