Columnas

Megaproyectos

Es tan gravitante su trayectoria en la vida del Ecuador, que las obras planificadas para la ciudad, resulta que influyen, sin querer, en todo el país. Es por eso que se ha considerado siempre el motor económico y centro de atracción más importante, en todo tiempo.

Por razones de amistad he tenido el privilegio de conocer dos proyectos gravitantes para el desarrollo de la región, cuyo eje es Guayaquil. Me refiero al llamado puente sur o quinto puente, que corre con suerte adversa porque han mezclado la política con la técnica y sentido de patria. Ofrecida su construcción, licitada y después torpedeada desde las alturas, hasta el punto de no tener financiamiento por los robos en la década perdida. Insistencia en su construcción pero con proyecto distinto, elaborado con conceptos mezquinos, por decir lo menos. Participación municipal, ahora. Formación de comisiones que ojalá no desechen lo elaborado y contribuyan a buscar la financiación de una manera diáfana, de manera que los fondos sean para la obra y nada más. Si se olvidan de los letreros promocionales y se concretan a la ejecución, de seguro serán recordados de la mejor manera. La ciudad se los agradecerá.

A principios de semana conocí por los mismos motivos el segundo megaproyecto. El aeropuerto de Daular y todo lo que significa tan magna obra. No solo son las pistas y edificaciones aledañas necesarias para la marcha exitosa y segura de la terminal aeroportuaria. Son las vías de circulación con túnel incluido, trazado directo para acortar el tiempo de llegada y retorno a la ciudad, llamada Perla del Pacífico. Es tan grande lo que se ha concebido. Son tantas las consultas con organismos internacionales especializados en el tema, que han obligado y de manera juiciosa como patriótica a no emprender una obra de tal importancia, que se tienen que respetar plazos, a veces no bien entendidos, pero que sin duda darán como fruto una verdadera obra de la que estarán orgullosos sus mentores y sobre todo, la ciudad.

Se lucha por alejar a la política con todas sus taras, para que culmine todo con trayectoria impoluta, como debe ser la obra pública. Gracias a los señores ingenieros Ottón Lara Montiel y Nicolás Romero Sangster.