Columnas

De los tulipanes a las criptomonedas

"...se configura lo que se conoce como los “juegos de suma cero”: lo que los ganadores ganan, los perdedores pierden"

Los holandeses, reconocidos por su vocación de comercio, alcanzaron, en los siglos XVI y XVII un alto grado de sofisticación en el sistema capitalista. Fueron pioneros en reconocer que toda actividad de intercambio tiene un lado monetario y que las bolsas de comercio son los nodos de los mercados de capital. En 1494 los tulipanes, hermosas y decorativas flores, fueron introducidos en Holanda y en pocas décadas pasaron a ser objetos de prestigio y, por lo tanto, codiciados. Nació así una burbuja de demanda, creándose un mercado en el que los capullos más raros llegaron a cotizarse por encima del valor de las viviendas. La manía de los tulipanes, como se conoce el episodio, se esparció a Londres y América del Norte.

Como toda burbuja especulativa, se reventó pocos años después cuando un brote de peste bubónica apareció y creó las circunstancias de depresión económica en un mercado pequeño y frágil. Literalmente, de la noche a la mañana, los tulipanes perdieron su valor, cundió el pánico y quienes habían confiado sus fortunas a las ganancias que anticipaban en el negocio de las flores, literalmente, perdieron la camisa. Es la historia de las burbujas crediticias, sean de gobiernos o entre privados, cuando toda noción de riesgo se desvanece y se configura lo que se conoce como los “juegos de suma cero”: lo que los ganadores ganan, los perdedores pierden.

Es la historia presente y perspectivas con las 7.000 criptomonedas que se cotizan en el mercado; son instrumentos respecto de los cuales se crea un gran apetito colectivo y sus auspiciantes proclaman que son los instrumentos monetarios del futuro. Sus argumentos se basan en el uso de la tecnología de “blockchain” que permite una encriptación prácticamente inviolable y, se argumenta, otorga privacidad total. El mercado oferta productos que, incluso, tienen valor estable, esto es, conservan su paridad en dólares, siempre y cuando para cada oferente haya un demandante, sin mediar otra suerte de garantía que no sea la buena fe (cualidad que sabemos es escurridiza) entre las partes.

Toda moneda cumple las funciones de ser fuente de valor y de ahorro, y numerario de transacciones que, en este caso, se cotizan en dólares u otra moneda de curso legal. Los gobiernos son enemigos de las criptomonedas pues se utilizan, entre otras, para actividades ilegales, incluyendo el lavado de activos, el narcotráfico, los asaltos cibernéticos, y el financiamiento del terrorismo. No es necesario ser partidario de los abusos del señoraje (monopolio de emisión) de los bancos centrales para lanzar la advertencia de “caveat emptor” (advertencia al comprador) si alguien, desconocedor del juego de suma cero, decide lanzarse a estas aventuras especulativas.

Lo estamos viviendo en estos días: la moda, el ‘marketing’ de los tenedores y sus agentes, y las grandes variaciones que a diario se producen en la cotización de estos mecanismos de intercambio. La industria del rumor y el murmullo son dominantes y se asimilan a los episodios de burbujas, llámense tulipanes, la locura del dot.com, o la titularización de hipotecas, que han tenido costos reales (incluyendo los sociales), con grandes números de afectados y un reducido grupo de beneficiados.