Columnas

Federalismo vs. corrupción

"El proceso de aprendizaje es de mímica: los menores y los subalternos copian los comportamientos y adquieren las costumbres y conducta de sus progenitores, de sus maestros, jefes y autoridades..."

Venezuela y México son corruptos y federales; Argentina lo es también y ¡bingo!, es corrupta. Es uno de los argumentos que se esgrime contra la opción federalista en Ecuador. Podríamos contestar, igualmente, que Suiza y Alemania son federales y no corruptos, y que Estados Unidos y Canadá, federales ambos, no son catalogados como países corruptos. ¿Son argumentos contundentes? La respuesta corta es no. La forma de gobierno no define el grado de corrupción. Chile, Uruguay y Costa Rica son Estados unitarios y no corruptos, pero, lamentablemente, Ecuador, país unitario e hipercentralista, no pasa ningún examen de probidad en el manejo de las relaciones económicas, fuere en el sector público o cuando emerge la incestuosa relación entre supuestos “empresarios” y burócratas.

La corrupción ecuatoriana es ubicua y está presente en todos los estamentos, desde los altos funcionarios que se inauguran como nuevos ricos, hasta el policía de tránsito que vive de las coimas.

Las generalizaciones son argumentos pobres que no ganan puntos en un debate.

¿Qué hace que una cultura sea catalogada como honesta y la del vecino como la de una guarida de rateros? La respuesta es mucho más elaborada que el propósito de este ensayo. La gente es honesta o deshonesta porque, ciertamente, existe una escala de valores éticos que las más de las veces se adquiere en casa.

El proceso de aprendizaje es de mímica: los menores y los subalternos copian los comportamientos y adquieren las costumbres y conducta de sus progenitores, de sus maestros, jefes y autoridades; de ahí que el componente educativo, ampliamente concebido, es determinante para inculcar la cultura de la honestidad. Pero, más allá de ello, es la sociedad la que establece las normas de lo que es y no es aceptable.

Los Estados débiles y los gobiernos espurios, incluyendo los tiránicos, son corruptos por definición y toda acción de represión al mercado (v.g. controles de precios, normas excesivas, dominio absoluto de la burocracia) es caldo de cultivo para la corrupción.

La regimentación excesiva no es muestra de poder estatal sino, todo lo contrario, es evidencia de debilidad estructural; y ese, desgraciadamente, es el modelo ecuatoriano.

¿Es la corrupción un mecanismo de mercado? No señor, es una aberración como la que vivimos en estos días y como la que hemos vivido desde el momento en que se entronizó el poder burocrático dominado por estructuras delincuenciales que abrieron de par en par las compuertas del negociado, las coimas, los sobreprecios, el narcotráfico y el lavado de activos.

Lo hicieron originalmente en la era de la abundancia y lo siguen haciendo hoy, impunemente, en la escasez total y el quiebre económico porque, en un medio corrupto, la justicia es la mejor que el dinero puede comprar.

Lord Acton fue enfático cuando enunció que el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. El federalismo tiene, por ello, una enorme ventaja sobre el centralismo: rompe el monopolio del poder y facilita la rendición de cuentas. Bien concebido, no es cura milagrosa para un cáncer metastásico, pero sí es una potente quimioterapia que posibilita la vida.