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Elegía

Es un nuevo prototipo de ecuatoriano el que se requiere crear, y la tarea le compete a la individualidad de cada cual.

El Estado tiene una brecha contable de entre $ 4.000 y $6.000 millones luego de puesta en vigencia la reestructuración de la deuda con bonistas. Sin embargo, el peso de la deuda y atrasos es superior a los $ 70.000 millones y representa el 75 % del PIB, lo que lo pone en el liderazgo del endeudamiento en la región. Queda pendiente la reestructuración con China, con el IESS y la devolución de los fondos al Banco Central. Entretanto, los atrasos con los proveedores de bienes y servicios suman $ 4.000 millones, y los jueces amenazan con ponerle grilletes al ministro de Finanzas.

Si uno quiere empezar a describir una sociedad en conflicto deberá contemplar que más del 90 % de las pérdidas de empleo se han dado en el sector privado, pero quienes protestan por sus derechos (inalienables, imprescriptibles e irrenunciables, lo que los hace equivalentes a parar la órbita de la Tierra alrededor del Sol) son los burócratas cuyos sueldos, obviamente, están también atrasados debido a la caída libre experimentada por las recaudaciones del SRI.

Ecuador es un país enfermo, atacado por la levedad moral y es rehén de la corrupción que se vuelve cada vez más audaz y envuelve todas las esferas de actividad. El relevo político hasta el momento muestra “más de lo mismo”, esto es, salvo excepciones, una clase política inservible, de poca profundidad intelectual y moral, y una gobernabilidad secuestrada por el tráfico de influencias que culminan en el robo descarado de los dineros públicos. El retoque final de la pintura del desastre es el de un gobierno carente de liderazgo, cuyas cabezas políticas visibles están seriamente cuestionadas (¡porque los hospitales no se entregan ellos mismos!) en medio de las desventuras de la pandemia.

El paradigma del Ecuador “país corcho” está roto. Funcionó por décadas para alimentar la modorra de no querer cambiar las cosas cuando se lo pudo hacer. Hoy la tarea es titánica, dolorosa y tomará tiempo. Ha quedado demostrado que un gobierno, y su gobernante, tienen la capacidad para devastar a un país por acción y omisión. Que un esquema administrativo que entroniza la apropiación de recursos del resto del país para verterlo en los intereses creados del centralismo es un esquema que no nos sacará del desahucio en el que hemos caído. Si se obtiene fondos habrá que preguntar ¿para qué van a ser usados? Si la respuesta es para alimentar a Leviatán y subir el gasto de consumo, entonces mejor será quedarnos como estamos.

Hay una realidad incontrastable: ¡hoy somos todos más pobres, y la cuenta está lejos de concluir! ¿De quién es la culpa? La respuesta más general es: ¡de todos! Pero, singularizamos a los gestores gubernamentales de la pobreza y la descomposición, a los que se unieron al expolio, los que prosperaron a cuenta del resto, los que engañaron con promesas falsas y quieren volver a hacerlo. Si el electorado vuelve a oír los cantos de sirena, habrá labrado su propia suerte, que bien merecida estará. Si, por el contrario, opta por la prosperidad, deberá escoger previamente el camino de la libertad, incluyendo la libertad económica. Es un nuevo prototipo de ecuatoriano el que se requiere crear, y la tarea le compete a la individualidad de cada cual.