Columnas

Los confines del sentimiento y la solidaridad

"Escuchaba un coro de voces silenciosas, todas agradables al unísono y en armonía, cuyos compases arrancaban sonrisas de mí. Ha sido una inmensa manifestación de comunión espiritual"

La emoción y la razón son atributos del género humano, y la familia y los amigos son los núcleos donde, por afinidad, compañía y cultura se reúnen los sentimientos de pertenencia íntima. El ser humano es social por excelencia.

Su cerebro está ‘cableado’ para responder a los estímulos propios de la convivencia: a la empatía, al diálogo, el cruce de ideas, la confrontación, incluyendo la antipatía e, inclusive, la intención de hacer daño.

En estas semanas he podido palpar los límites del sentimiento, de la empatía y de la solidaridad. Por primera vez en mi vida he debido permanecer en la cama de un hospital. Fue una sucesión de eventos desafortunados que llevó de una intervención quirúrgica en la médula y la columna, a una muy agresiva septicemia, para, al final del plazo, terminar infectado por la pandemia, y los malestares que la acompañan.

Sin embargo, es un episodio al que le auguro un final feliz. En mi experiencia, he podido experimentar que desde los confines más recónditos de mi tiempo y memoria surgieron sonrisas, invocaciones, bendiciones y frases de aliento; son mensajes, memorias felices y deseos sinceros por mi pronta recuperación. Sentirse querido, debo añadir, hace que el cerebro produzca endorfinas, las hormonas que nos hacen sentir eufóricos y esbozar sonrisas o carcajadas.

Retornando al laberinto de los sentimientos, experimentamos diferentes ‘marchas’ emotivas que van de la felicidad a la tristeza. Marchamos en ‘primera’ cuando nos enfrentamos a la incertidumbre, a los episodios de coraje y de furia desenfrenada o pérdida de control. En esta imagen, los episodios de estrés pasan y la duración e intensidad de tales momentos dependerá siempre de nuestra capacidad de control y dominio de las emociones. Uno construye la clase de vida que quiere vivir pero esta no es el fruto de planificaciones estructuradas y previsibles. El libre albedrío no existe en forma absoluta (siempre habrá disturbios cuánticos que subyacen la naturaleza de la materia de la cual estamos constituidos), pero la consistencia en las respuestas configura patrones de mímica que definen nuestra conducta y carácter. De la misma manera como los procesos de enseñanza-aprendizaje se basan poderosamente en la mímica, la interacción hace posible la vida en la sociedad de los humanos.

La querencia, el amor, la solidaridad y la lealtad van de la mano. Son los denominados sentimientos nobles. No son manifestaciones de la política ni de los negocios que siempre girarán alrededor de las conveniencias económicas o de las concordancias ideológicas. Las reacciones bioquímicas que embeben los sentimientos de amor son mucho más complejas que las que dominan el cálculo de conveniencia por las permutaciones exponencialmente más numerosas que existen en el amor o en la amistad profunda.

Son estos los pensamientos los que han dominado mi consciente durante el aislamiento forzado. Estar solo y sufrir de soledad son categorías diferentes y, como todo desafío, una enfermedad potencialmente mortal tiene tonalidades agridulces. Sí puedo afirmar, no obstante, que en ningún momento sentí la soledad. Escuchaba un coro de voces silenciosas, todas agradables al unísono y en armonía, cuyos compases arrancaban mis sonrisas. Ha sido una inmensa manifestación de comunión espiritual. Por haberme llevado hasta los confines de una trama de solidaridad y sentimiento, puedo expresarles a través de este medio: ¡que los quiero mucho!