Fin al secuestro de la nación

  Columnas

Fin al secuestro de la nación

De las crisis que nos afectan, debemos hacer un elemento aglutinante, un factor de unidad nacional y esfuerzo compartido’.

En mayo del próximo año celebraremos doscientos años de vida independiente. Con un gran esfuerzo continental dirigido por líderes bien dotados de virtudes cívicas, desprendimiento y visión de futuro, fue posible el milagro de ser libres de la dominación española. Pero, dignos herederos de la idiosincrasia de la metrópoli, no logramos el milagro de mantener la unidad imprescindible para que el proyecto se consolidara en una gran nación latinoamericana.

Así, empezamos a despedazarnos en pequeños o grandes fragmentos del sueño bolivariano o sanmartiniano. Cada cual se sintió con derecho a tener su parcela de poder y a mirar a los otros como competencia a neutralizar. Nos empequeñecimos olvidando la grandeza de los libertadores.

Nosotros, que igualmente tuvimos en los inicios del proyecto nacional, grandes a nivel americano como Olmedo, Rocafuerte o Antepara, sucumbimos al enanismo de las ambiciones personales o los insanos regionalismos; a la explotación de los menos sobre los más.

Si hasta ahora hemos sobrevivido, ello se debe a paréntesis luminosos como Eloy Alfaro. Isidro Ayora o Clemente Yerovi que, en días con riesgo de zozobra le devolvieron el rumbo a la nación.

Hoy, doscientos años después, no solo que del mando de los notables pasamos a la hegemonía de los notorios, sino que incluso permitimos que lo delincuencial se convierta en una credencial facilitadora de la participación política. La mayor alianza continental es la que se da entre el poder político degenerado en instrumento de enriquecimiento ilícito y las bandas delincuenciales de distinto género. Entre nosotros ejercen su violencia en las cárceles y en las calles. En el vecindario hay naciones tomadas por esa violencia o naciones que han pactado con ella bajo la presión del miedo o el juego de los intereses.

Ya sabemos entonces qué destino nos espera si bajamos los brazos. El Ecuador no merece, por su historia, por sus gestas, correr ese riesgo.

Todo dependerá de cuánto estemos dispuestos a sacrificar ahora para garantizar el mañana. Y cuánto estemos dispuestos a, juntos, construir un nuevo proyecto de nación.