Fernando Insua Romero | La ‘pax’ de la Prefectura
Y en Ecuador, ‘resolver’ muchas veces significa extender, renegociar y patear hacia adelante
En Guayas tuvimos nuestra propia ‘pax’. No la romana, pero sí una versión tropical: una calma política sostenida mientras resultaba conveniente. Durante meses, Prefectura y Gobierno convivieron en un equilibrio cómodo donde todos hablan de institucionalidad y nadie incomoda demasiado al otro. Hubo incluso momentos que retratan bien ese clima: la prefecta llegó a referirse públicamente a la tía del presidente como “su tía”. Qué ironía.
Hoy la caja de Pandora se abrió: concesiones, contratos viales, el Quinto Puente. Nada ha quedado fuera; nada se desperdicia para la polémica. Y hay un detalle nada sutil, un verdadero elefante en la habitación imposible de ignorar: la “deuda”, grande y aparatosa, como en todo contrato público. Se nos dice que se salvó al Guayas de cientos de millones. Suena responsable, incluso heroico. El problema es que esa “deuda” no es lo que la gente cree. No es un préstamo ni una obligación inmediata. Es, más bien, una reclamación de los concesionarios: una discusión sobre cuánto debían ganar según contratos antiguos. Una cifra proyectada, negociada, discutible. Y la solución fue sencilla en apariencia: no pagar hoy… sino extender los contratos hasta 2054, junto con la posible desaparición de una multa de 40 millones que aún deberá ser aclarada.
Si el negocio estaba tan mal, si era tan desequilibrado, resulta curioso que quienes lo operan estén dispuestos a quedarse 30 años más. Como si fuera un mal negocio… pero no tanto. Y los ciudadanos nos preguntamos: ¿por qué no licitar? ¿Por qué no abrir la competencia? ¿Por qué no permitir que otros ofrezcan mejores condiciones para Guayas? ¿Por qué no se informó al ministerio correspondiente? Porque ese es el fondo del asunto. No si había un problema -probablemente sí-, sino cómo se lo resolvió. Y en Ecuador, ‘resolver’ muchas veces significa extender, renegociar y patear hacia adelante. Sin competencia, sin comparación, sin saber si había algo mejor, sin informar a los votantes. La duda sigue intacta: ¿se evitó una deuda… o simplemente se la convirtió en otra forma de pago? De buenas intenciones está repleto el infierno, y tal vez, como siempre, seremos los contribuyentes quienes terminemos pagando la factura al final.