Más allá de un 25 %
La tolerancia a la concentración de poder, el aplauso al persecutor y el culto a figuras mesiánicas surgen como síntomas de un desencanto profundo en el sistema

La caída de la popularidad del mandatario puede ser más peligroso que lo que parece en el contexto de América Latina.
Como se dice comúnmente una encuesta es la foto del momento, la radiografía del contexto sobre el que se escarba. Cuando las preguntas son abiertas, lo que resulta no son meros números que se deben tomar a la ligera, reflejan el ánimo colectivo, son termómetros que miden la temperatura de una sociedad para intentar regular sus infecciones.
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Por lo dicho, cuando me encuentro en el ancho mar de las redes sociales un estudio como el del CIEES y veo el desplome en la valoración positiva del presidente Noboa, de casi 60 % a poco más del 25 % entre mayo 2025 y mayo 2026; más allá de vitorear la percepción de nuestra gente y pensar que se han medido acertadamente varios indicadores, hay que preguntarnos también ¿qué revela ese dato sobre la salud política del país?.
Según los entendidos (me declaro ignorante), la fuerza de una encuesta reside en su metodología, en la consistencia de sus series y en la capacidad de interpretar tendencias más allá del número aislado. Desde esa óptica, el documento que revisé del CIEES, tantea el humor social como el resultado de sensaciones acumuladas sobre seguridad, economía, expectativas sobre el futuro, y no como una simple suma de aprobaciones o rechazos.
Política
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Así, identifica no solo a quién aprueba sino por qué, quiénes son recuperables, quiénes son opositores irrecuperables y qué sectores responden por pragmatismo. Tomar en cuenta esa distinción es la diferencia entre diseñar políticas públicas que restauren confianza o, en su defecto, seguir en la línea de una comunicación vacía que no roza la raíz.
Cuando las promesas no se traducen en mejoras
El desplome en los números de confianza del pueblo hacia el presidente es absolutamente explicable. En sociedades como la ecuatoriana, los apoyos electorales iniciales surgen con una arista de esperanza coyuntural. Un voto emocional que agradece la firme promesa de un cambio inmediato.
Cuando esa promesa no se traduce en mejoras tangibles, si la inseguridad sigue creciendo, si la impunidad y la selectividad son las características del servicio judicial, si la tortura y el abuso son la filosofía del sistema carcelario, si el empleo es precario, si las instituciones no muestran capacidad de respuesta y se les nota el miedo a sus titulares de asumir su papel, si los organismos electorales no son árbitros sino jugadores; en fin, si la corrupción pública se premia y el delito se blinda, pues, la esperanza se transforma en desilusión primero y en indignación luego.
Más que una simple caída de popularidad del Presidente, este escuálido 25 % refleja agotamiento. En América Latina esto suele ser más profundo y más peligroso que una mala encuesta. Históricamente, muchas democracias latinoamericanas se deterioraron, no porque la gente odiara la democracia en abstracto, sino porque dejó de creer que funcionaba. Si los efectos se prolongan, ya deja de ser un reproche hacia una figura y se convierte en un diagnóstico severo sobre el sistema entero, provocando una muy peligrosa frustración que pudiera reventar la olla de presión que nuestras democracias mantienen.
Entonces, no solo se trata de una baja popularidad, es que, además, tenemos que asumir que las democracias están cediendo ante fórmulas autoritarias y descaradamente abusivas. No porque la gente ama menos la libertad, sino porque la democracia “no resuelve”. La demanda por mano dura, la tolerancia a la concentración de poder, el aplauso al persecutor y el culto a figuras mesiánicas surgen como síntomas de un desencanto profundo en el sistema.
Es necesario admitir que si la política no logra transformar indignación en esperanza, el riesgo es la pérdida de una idea básica; cuál es, que la democracia y sus instituciones pueden mejorar la dura vida de la gran mayoría de ecuatorianos. Recuperar esa convicción es una tarea de todos, por ello la unidad es fundamental.