Roberto Aguilar | Lo del pijama iba en serio...
Los allanamientos, simplemente, son algo que te puede ocurrir sin más ni más
A estas alturas del gobierno de Daniel Noboa, el allanamiento en horas de la madrugada es algo que le puede ocurrir a cualquiera. Bueno, no a cualquiera. No, por ejemplo, a los contertulios y periodistas de radio Campi. Pero… ¿Y a los otros? A los que conciben su trabajo como algo más parecido a un ejercicio de contrapoder que a la práctica de repetición automática de mensajes y consignas… ¿Les podría ocurrir a ellos? Y, bueno: considerando en frío, imparcialmente, la predecible selectividad con la que operan los agentes policiales y fiscales a cargo de este tipo de operativos; examinando sus documentos generales y mirando con lentes aquel decreto que prueba que nos encontramos en estado de excepción con toque de queda incluido… Pues hay que decir que sí. Podría. Sin ningún problema. Cualquier noche de estas. A ellos y a casi cualquier político de oposición, cualquier alcalde que no sea de ADN.
Por cierto, el estado de excepción rige en nueve provincias y un puñado de cantones, y el toque de queda se circunscribe apenas a cuatro de ellas. Pero eso no quita que al presidente de la República le traicione el subconsciente a la hora de referirse a este último en un tuit de proyección internacional, como fue el que escribió esta semana en respuesta a las alharacas de Gustavo Petro sobre el hallazgo de una bomba sin explotar en un sembrío de coca de esos que han proliferado bajo su mandato. Dijo ahí Daniel Noboa que los familiares de Fito cruzaron el país “en pleno toque de queda nacional”. ¿Nacional? Caramba, en qué estaría pensando.
Volviendo a la selectividad de los allanamientos, es algo que maravilla el poco o ningún sentido del disimulo con que operan los agentes fiscales y policiales a su cargo. Te pueden allanar por una sospecha (justificada o no; normalmente, no; incluso prefabricada, a veces) de lavado de activos por 80 mil dólares, como le acaba de ocurrir al alcalde de Cuenca por unos préstamos recibidos de sus propios familiares, mientras otros amasan su primer millón de dólares sin tener otro ingreso que su sueldo de burócratas y no les pasa nada: es el caso de Andrés Fantoni, presidente del Consejo de Participación Ciudadana, nuevo y feliz miembro del selecto club de millonarios ecuatorianos. O compran radio Campi y la agencia de publicidad La Posta por 2,6 millones sin tener ni mil dólares en el banco… Y tampoco.
Es que los allanamientos no tienen nada que ver con eso. Los allanamientos, simplemente, son algo que te puede ocurrir sin más ni más. Si hasta les ocurrió a un grupo de humildes vendedores de periódicos (sí, vendedores de periódicos) nomás porque el Gobierno necesitaba probar un punto. Vamos a ver: un allanamiento se entiende cuando su objetivo es encontrar una prueba importante que, de otra manera, no estaría al alcance de la Fiscalía. Por ejemplo, el teléfono de Henry Gaibor, el director provincial de la Judicatura de Pichincha que presionaba jueces honestos para hacerlos fallar a favor de narcotraficantes: en ese aparato debió encontrarse todo. Pero no le pareció interesante a la Fiscalía. En las casas de los canillitas, en cambio, o en la del alcalde de Cuenca, al parecer, no hallaron nada. Más aún: las allanaron a sabiendas de que no encontrarían nada, nomás para probar un punto. Lo dicho: le puede pasar a cualquiera… Bueno, no a cualquiera.