Columnas

Las sagradas cenizas de Sucre al Pichincha

"Bueno sería empezar a ponernos pronto en “modo” bicentenario, como dicen ahora"

Es indudable el afecto que guarda el Ecuador por la memoria del Gran Mariscal de Ayacucho. Tanto que a nuestra moneda nacional, cuando la teníamos, la prestigiamos bautizándola con su nombre.

Después, cuando la crisis económica y la corrupción que cada vez se sentía con más fuerza nos obligaron a dolarizarnos, al menos le mantuvimos su venerado nombre al aeropuerto internacional de la capital ecuatoriana y son múltiples las instituciones civiles y militares, también los monumentos, que lo recuerdan y honran su memoria en toda la geografía nacional. Sus restos mortales, luego del crimen de Berruecos, descansan en la catedral de Quito, respetando su deseo de que en esa ciudad permanezcan.

Ahora que se acerca el bicentenario de su muerte y el próximo año, el de la batalla por él conducida en el Pichincha, Antonio José de Sucre ha vuelto a estar en primer plano, no lamentablemente con la frecuencia a que sus méritos lo hacen merecedor, pero sí en algunos casos con notable calidad, que es bueno destacar.

Un ejemplo magnifico es la película denominada Muerte en Berruecos, producida por Gonzalo Ponce Leiva que, segmentada sin permiso y sin pagar derechos, se exhibió en un canal del Estado, dando lugar a un conflicto legal que ojalá se resuelva pronto sin violentar de nuevo la propiedad intelectual, asunto por demás trascendente cuando se aspira a la confianza internacional, requisito ‘sine qua non’ para intentar superar las tragedias de la economía.

Mientras tanto, y en plan de bicentenarios, cuando la celebración del proceso de Independencia que comenzó en Guayaquil el 9 de Octubre de 1820 fue disminuido por la pandemia, bien haríamos en, pese a la crisis, echar la casa por la ventana en razón del 24 de Mayo de 1822, no únicamente con fiestas populares, conferencias y ediciones conmemorativas, sino también con una gran estructura que junto al templo de la patria, en el Pichincha, se construya para guardar los restos inmortales del cumanés. Hay casi un año completo para hacerlo como es debido. Sucre se lo merece y el robustecimiento de nuestro flaco civismo lo necesita con urgencia.