¿Tenemos necesidad de sentir miedo?

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¿Tenemos necesidad de sentir miedo?

"No tengo intención de alarmar. Lo que deseo es que dejemos de jugar a la política y asumamos con seriedad los nuevos riesgos"

Todos, con independencia del género, arrastramos un sentimiento que surgió desde las más remotas épocas como un mecanismo de defensa: el miedo.

A esa sensación se la puede describir como “un sistema de alarma que se activa cuando detecta una posible amenaza, real o supuesta, presente, futura o incluso del pasado”.

En Guayaquil, que es lo que más conozco, en cuanto a la idiosincrasia de su gente, que creo no difiere mucho de la propia de los ecuatorianos, incluso la de los de la región andina (contando entre ellos a los que viven cerca del mar), el miedo ha movido a la ciudad desde su fundación colonial.

Construida con madera, sus habitantes supieron del poder destructor de los incendios. Como no podían dejar de construir con los productos que la tierra daba y sentían miedo, fundaron el Cuerpo de Bomberos, voluntarios, integrado con los hijos de los vecinos más pudientes y los de quienes no lo eran tanto pero, tenían semejantes afanes de servicio. Cuando el miedo lo generaron las invasiones piráticas, montaron cañones en la orilla y aprendieron a rechazarlas con éxito. Igual ocurrió con las pestes de diverso origen. En los días terribles de las grandes epidemias, se sintió la necesidad de contar con hospitales y se creó una Junta de Beneficencia. Y luego, cuando la tuberculosis, se fundó LEA y cuando el cáncer Solca, y contra el paludismo y las enfermedades tropicales, el Servicio de Erradicación de la Malaria y el monumental Instituto Nacional de Higiene.

La nuestra ha sido una vida acicateada por miedos que, paradoja aparente, se asumieron con valor, dando la cara. Por eso reza en el frontispicio del Palacio Municipal: Grande con el esfuerzo de sus propios hijos.

¿Y ahora? ¿Estamos asumiendo las nuevas amenazas, visibles por lo que ocurre en las prisiones, con la decisión que el miedo suscitado debería generarnos?

Yo quiero empezar confesando el mío. Tal cual lo he venido señalando, el país está en riesgo de que se lo tome una alianza político-delincuencial, como ha ocurrido en varios del vecindario. ¿No será acaso tiempo de unirnos para combatir con certeza de victoria las nuevas amenazas?