Columnas

Educación de calidad para todos

"Si algo diferencia al hombre de las otras especies es su capacidad de enseñar. Cabe otorgarle la calidad que aún no tiene"

Se repetirá siempre: la educación es una clave para el desarrollo de los pueblos. Sin educación no hay desarrollo. Por ello, todo el siglo pasado se hicieron grandes esfuerzos para conseguir universalizar la educación, al menos primaria y secundaria. En cuanto a cobertura, es gratificante observar que casi todos los países la han conseguido para la mayoría de su población. 

Los años que vienen buscarán universalizar la educación superior: técnica o tecnológica, y también la profesionalizante, y se intentará hacerlo con la calidad debida. La meta ya no es únicamente la cobertura, más o menos lograda; ahora, para superar la brecha entre los países desarrollados y el subdesarrollo, es clave la calidad de la educación que se imparte.

La calidad no es una noción totalmente asumida entre nosotros. Todavía predomina la noción consoladora del más o menos bien, está presentable o sí pasa. No pensamos con criterio de excelencia sino por excepción. Somos conformistas y nada autocríticos. El pensamiento crítico lo ejercemos para juzgar a los otros pero no a nosotros. Ese comportamiento, al menos en cuanto a la educación se refiere, debe ser substituido con urgencia. Debe ser obligatorio exigirnos al máximo a nosotros mismos.

Por supuesto, parte del propósito se conseguirá formando profesores con la preparación suficiente para ser educadores de alta calidad, que formen estudiantes capacitados para compararse con los de cualquier parte del mundo, no solo en razón de sus conocimientos en las materias clásicas de la enseñanza sino también por su urbanidad, por su estructura ética, cívica, ambiental. Por su educación para la convivencia, con una marcada vocación por el respeto al otro y a la ley: con voluntad de cambiarla cuando resulte obsoleta o injusta.

No cabe seguir generando “ciudadanos” sin ningún control de su comportamiento, capaces de protagonizar increíbles actos de vandalismo o salvajes agresiones a los agentes de la autoridad pública o a sus prójimos. Escenas como algunas recientemente observadas no deben repetirse.

En todo caso, se debe hacer propósito de cerrar la brecha.