Columnas

La bolsa o la vida

'Entendiendo que a muchos funcionarios se les van las palabras más allá de las ideas, ahora es clave mantener el diálogo y la unidad’.

Planteándolo como dilema diabólico, un escritor español expresaba que la actual situación nos ha puesto a escoger entre las consideraciones económicas o la defensa de la vida. Sin dejar de acotar que sin economía sana, no se puede defender la vida. La bolsa o la vida se llamaba su artículo, igual que el presente cañonazo.

Al dilema lo estimo falso, puesto que sin salud tampoco se puede sostener la economía.

Se trata, como quiere la filosofía popular, de salud, dinero y amor. Amor, por descontado por ser parte de la esencia de los seres humanos. Salud en cambio, es algo a cuidar, que desgraciadamente solo se aprecia cuando se pierde; y en cuanto al dinero, es algo a conseguir sobre todo a base de una buena salud.

Cuando ha llegado el tiempo de los semáforos, conviene mencionar el ingrediente liderazgo en la conducción de los esfuerzos; liderazgo de tal calidad que merezca el epitafio que García Moreno escribió para Rocafuerte: “Tus cenizas Vicente Rocafuerte, aquí guardó la muerte; pero queda tu nombre para gloria del mundo americano, y para ejemplo de cívicas virtudes, tu memoria”. Ojalá pronto algún funcionario se haga digno de merecerlas, procediendo sin otro norte que el bienestar ciudadano, liberando su comportamiento de motivaciones electoralistas, pero también sin dejarse presionar por los intereses cotidianos ni por los miedos de la mala conciencia.

Así como sería torpe pensar en una eterna cuarentena y suspenderla para satisfacer insaciables afanes de lucro, igualmente sería cobarde levantarla por el miedo a una explosión social generada por aquellos que si no trabajan no comen.

Sé que el país no cuenta con los recursos necesarios para llevar pan al hogar de los trabajadores informales, pero la cuarentena tiene que levantarse fundamentada en un estudio nacional de prevalencia del COVID-19. Igualmente debe contarse con vigilancia comunitaria para mantener un control permanente, derivado de la aceptación popular y no de la imposición policial. Finalmente, lo bueno es que el ministro plantea definir las situaciones en diálogo con las autoridades locales, y no imponiendo su criterio.