Columnas

Un país esperpéntico

Aquí lo grotesco, lo abominable y lo inmoral son cosas de todos los días. Es nuestro trágico y esperpéntico sino.

El Ecuador no solo es un país trágico, sino grotesco, o más precisamente: esperpéntico. El diccionario de la Real Academia define a la palabra esperpento como “persona, cosa o situación grotescas o estrafalarias”. Y las situaciones y personas grotescas o estrafalarias (sobre todo ministros) nos sobran. El retrato que don Ramón del Valle Inclán, el padre del esperpento literario, hacía de la España de un siglo atrás se parece mucho al Ecuador de estos días. Con la diferencia que en nuestro país no hay que agrandar los aspectos grotescos de nuestra realidad, nuestra realidad ya de por sí es grotesca.

Mientras en muchos países hacerse una prueba para detectar el coronavirus es gratuita en Ecuador su valor puede llegar a casi un tercio del salario mínimo vital. Mientras que muchas familias siguen clamando por medicinas, por una cama de un hospital o por el cuerpo o las cenizas de sus fallecidos, o mientras otras familias descubren que las cenizas que han recibido pertenecen a quien sabe quién, el ministro de Salud declara que todo se encuentra en orden. Mientras los hospitales pierden los cadáveres, aparecen vivos los dados por muertos.

Ecuador es el único país donde según las cifras oficiales el número total de contagiados se reduce cada día, y nadie lo explica claramente. Mientras que el señor presidente (así, con minúsculas) sigue haciendo llamados para que se trasparenten las cifras, nadie le hace caso.

Mientras puntualmente se paga a los acreedores de la deuda, se reduce el presupuesto de salud y de educación, aunque la ley expresamente lo prohíba. Mientras se preparan para volver a meternos la mano al bolsillo para que paguemos su incompetencia, la corrupción sigue tan campante.

Los negociados continúan mientras el país se cae a pedazos.

Hace dos mil años el filósofo, jurista y político romano Marco Tulio Cicerón decía: “Servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral, sino criminal y abominable”. Aquí lo grotesco, lo abominable y lo inmoral son cosas de todos los días. Es nuestro trágico y esperpéntico sino.