Columnas

Modernizar la política

"Aún persisten sistemas caudillistas, partidos y movimientos políticos que no son más que empresas electorales con ideologías “difusas"

Al referirnos a lo moderno estamos pensando en algo actual, de vanguardia, innovador, contrario a la tradición o adecuado a las necesidades del momento. Se asume lo moderno, según Habermas, como expresión de la conciencia de una época, “… resultado de una transición desde lo viejo hacia lo nuevo”.

Hay claras distinciones entre los diferentes conceptos de modernidad. Por un lado están quienes interpretan a la modernidad como un proyecto de progreso y emancipación que distingue a la época actual de la que la precedió y por otro, quienes ven a la modernidad como algo transitorio y no como un proyecto.

Un defensor de la primera aproximación es Habermas, quien caracteriza a la modernidad por su autonomía en ámbitos de la ciencia, el arte y la moral. En contraste, otros autores sostienen que la modernidad establece el cambio y la crisis como valores que pierden cada cierto tiempo su relación con cualquier perspectiva progresista, por lo que esta empieza a huir de sí misma y sienta las bases de su propia caída.

La modernidad se liga a su expresión práctica, es decir a la modernización, considerada como un proceso complejo que, según Samuel Huntington, incluiría “… la industrialización, la urbanización, la movilidad social, la diferenciación, la secularización, la expansión de los medios de comunicación” y la modernización política, expresada en la racionalización de la autoridad, la diferenciación de las estructuras políticas, la adecuación del Estado a ese mundo cambiante y la participación de las masas.

¿Cuánto de moderna tiene la política en nuestro país? Pues, muy poco. Aún persisten sistemas caudillistas, partidos y movimientos políticos que no son más que empresas electorales con ideologías “difusas”, y alguno en el que se quiso confundir al líder, el partido y el Estado en un solo ente. En ese sentido, Ecuador, desde lo político, es un país que busca ser moderno sin tener modernidad.

David Harvey afirma que la modernización implica también destruir para volver a construir. Al parecer, en la política ecuatoriana, solo queda eso por hacer.