Columnas

Epidemias coloniales y rogaciones

'Para cada evento catastrófico había un santo o santa responsable de actuar como abogado a fin de aplacar la ira divina y evitar que sus efectos no fueran tan devastadores’.

Históricamente los sucesos catastróficos han generado en los habitantes una suerte de fatalismo resignado ante el embate de una naturaleza incapaz de ser dominada, por lo que se ha acudido a lo religioso mediante actos de fervor público como rogativas, procesiones y penitencias.

Estos actos, en el Guayaquil colonial, fueron institucionalizados como normas de acción de los cabildos en conjunto con las autoridades religiosas.

Para cada evento catastrófico había un santo o santa responsable de actuar como abogado a fin de aplacar la ira divina y evitar que sus efectos no fueran tan devastadores. Ante los terremotos, por ejemplo, se acudía a La Visitación de Nuestra Señora, y frente a la peste, los elegidos eran Santa Ana, San Sebastián o San Nicolás de Tolentino.

En Guayaquil, el culto a San Sebastián estuvo vinculado a la iglesia de San Francisco, donde el 20 de enero de cada año se celebraba una “fiesta jurada” por el Cabildo con la obligación que tenían sus miembros de asistir. En Europa, durante el siglo XIV, San Sebastián fue considerado protector contra la Peste Negra, ya que su representación iconográfica, atravesado por flechas, era asimilada como receptora de la peste y protectora de los enfermos.

Se encuentran en documentos coloniales algunas referencias a esta devoción, como en el cabildo del 13 de agosto de 1653, cuando se discutía que como “la ciudad estaba enferma y se temía el contagio… sería justo hacer una procesión y novena al glorioso San Sebastián, patrón de ella y abogado de la peste y contagios”. De igual manera el 18 de abril de 1667 se indicaba que “salga el glorioso San Sebastián y San Nicolás en procesión el viernes a la oración, y aquel día se predique de penitencia y se diga misa cantada con solemnidad”. Se hacía referencia a San Nicolás de Tolentino, vinculado a la iglesia de San Agustín, ya que era común que ante la amenaza de alguna epidemia se sacaran juntos a estos santos, como ocurrió con la peste de 1670. Se pedía intercesión también ante la peste, a Santa Ana, tal como lo recoge el acta del Cabildo del 18 de abril de 1749.