Columnas

Banalizar el dolor

'Banalizar temas tan graves para la sociedad solamente tiene como fin el volverlos comunes, el trivializar lo más negativo que tenemos como seres humanos’.

No es la primera vez que el señor presidente de la República del Ecuador hace declaraciones que luego debe aclarar y por las que tiene que pedir disculpas. Ya en una ocasión lo hizo aludiendo a la lacra que significa el trabajo infantil, que para el señor presidente no es más que el “emprendimiento” de “monitos” de cinco años. O la invitación que hizo a los niños y jóvenes a que “puedan hacer el amor” en un parque de la ciudad de Portoviejo. 

¿Qué se puede esperar de una persona para quien el cáncer es un “amigo” y cuya única preocupación se centra en que los médicos se “alegran” cuando alguien tiene esa terrible enfermedad ya que de esta manera podrán “cambiar de carro”? Cualquier disculpa o aclaración siempre suena falsa y tardía. Lo dicho, dicho está. 

Al principio el señor presidente podía sonar hasta gracioso, pero con el pasar del tiempo cae más y más en la banalización de temas que por su complejidad, magnitud y trascendencia deben ser dejados de lado de la burla, la trivialidad o el chiste (¿?) fácil y de mal gusto.

Hace pocos días en Guayaquil volvió a hacer una declaración (¿un chiste?) sobre el acoso sexual, en que para el criterio experto del señor presidente la víctima es el acosador y el agresor. Textualmente decía: “… a veces, en el acoso, se ensañan con aquellas personas feas. 

Es decir que el acoso es cuando viene de una persona fea. Pero si la persona es bien presentada, de acuerdo a los cánones, suelen no pensar necesariamente en que es un acoso. En el caso de mi edad, ya no sería acoso sino ocaso sexual”, y concluía: “… a veces exageramos las cosas”. ¿Sería capaz, señor presidente, de decirles que han exagerado a las miles de víctimas de acoso, violencia doméstica o violación?

Banalizar temas tan graves para la sociedad solamente tiene como fin el volverlos comunes, el trivializar lo más negativo que tenemos como seres humanos y hacerlo cotidiano y digno de una “broma”. El asumir el rol de comediante en lugar del de estadista. El convertir al comentario banal y al chiste sin gracia en discurso oficial.