Fernando Insua Romero | Esperando a Godoy
Mario Godoy no es un actor aislado del sistema: es el presidente de la Judicatura elegido con los votos de ADN y la RC
En Esperando a Godot, Beckett retrató a dos personajes atrapados en una espera eterna, convencidos de que alguien llegará para cambiarlo todo, aunque nadie sabe cuándo ni para qué. El tiempo pasa y el mundo sigue igual. Hoy, Ecuador parece haber adaptado la obra, con un ligero cambio: no esperamos a Godot, sino a Godoy.
El presidente del Consejo de la Judicatura se ha convertido en el protagonista ausente de nuestra tragicomedia. Se anuncian fiscalizaciones, comparecencias ante la Asamblea, posibles interpelaciones. Todo suena solemne, todo parece urgente. Pero el libreto siempre termina igual: la comisión puede tardar meses, el proceso se alarga y la escena se congela en una espera indefinida. Y mientras el país aguarda, la Fiscalía se debilita. Bajo su sombra se han producido cambios que desconciertan incluso a los propios fiscales: agentes con 15 o 20 años de experiencia en crimen organizado y narcotráfico son trasladados o desplazados, y su lugar es ocupado por funcionarios sin el recorrido necesario. No se trata de una impresión subjetiva. La Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc) ha sido clara: los fiscales especializados cumplen un rol central en la persecución del crimen transnacional. Dirigen la estrategia, aplican técnicas especiales de investigación. La experiencia no es un lujo burocrático, es la diferencia entre desarticular una red o perderla de vista para siempre.
Pero aquí aparece la paradoja política. Mario Godoy no es un actor aislado del sistema: es el presidente de la Judicatura elegido con los votos de ADN y la RC. Es decir, su figura nace de un pacto entre las dos fuerzas que públicamente se presentan como antagonistas. Y es desde ese cargo desde donde hoy se está reconfigurando la Fiscalía. La narrativa sostiene que la justicia es la que impide al Gobierno ganar su ‘guerra contra el terrorismo’. Sin embargo, lo que revelan los hechos es otra cosa: es el propio poder político, a través de su delegado en la Judicatura, el que parece estar debilitando aún más la justicia por decisiones concretas.
Y así seguimos esperando a Godoy. Solo que mientras aguardamos, la institucionalidad se desarma. Y cuando finalmente llegue a dar explicaciones, quizá ya no quede sistema que explicar.