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Fernando Insúa Romero | Ecuador, mirando al cielo

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Mientras discutimos sobre estructuras criminales blindadas, hay jóvenes aprendiendo a escuchar señales que vienen del espacio

En estos días en que Ecuador parece debatirse entre narcotraficantes que son liberados de manera inexplicable, entre muñecas de la mafia, lavadores de cuello blanco y un sistema que da la impresión de tener alergia a los radares, decidí hacer algo tan simple como levantar la mirada al cielo. No para buscar respuestas divinas, sino para comprobar si todavía quedaba futuro.

Y lo vi.

Lo vi en jóvenes que programan, que diseñan circuitos, que calculan trayectorias orbitales mientras el país se distrae con su propio incendio. Lo vi en profesores que enseñan desde laboratorios sin cámaras ni aplausos. Lo vi, sobre todo, en la Universidad UTE, que sin ruido ni marketing estridente, ha logrado poner en órbita el tercer nanosatélite desarrollado en Ecuador: el Galápagos-UTE.

Este satélite no nació de vender títulos ni inflar currículos. Nació de mentes curiosas para hacer ciencia. Lleva sensores para medir radiación, monitorear variables ambientales, captar señales y registrar imágenes que permitan observar los efectos del cambio climático en uno de los patrimonios naturales más frágiles del planeta: las Islas Galápagos. Además, la misión se opera desde un centro de control instalado en Quito, con estudiantes e investigadores ecuatorianos a cargo del seguimiento.

Eso es lo verdaderamente revolucionario: no el aparato, sino el espíritu. No hay esa épica prefabricada ni promesas vacías. Hay ensayo y error. Hay largas noches de pruebas. Hay amor genuino por el conocimiento. Mientras discutimos sobre estructuras criminales blindadas, hay jóvenes aprendiendo a escuchar señales que vienen del espacio.

Nos hemos acostumbrado a medir el éxito por el volumen del ruido, de quién grita más en redes o acusa más. Pero el futuro no se construye a gritos. Se construye con método, con disciplina y con una vocación que no cabe en un eslogan. El verdadero patriotismo no es solo ondear la bandera, ese nanosatélite ecuatoriano enviando datos útiles a la Tierra es también una forma elevada de patriotismo.

Tal vez Ecuador no esté perdido, como creemos cada mañana al abrir el noticiero. Tal vez esté, más bien, mal mirado. Porque mientras abajo reina el caos, la plasticidad, arriba, muy arriba, hay una generación que no quiere fama ni diplomas para la pared: quiere ciencia. Y en ese gesto silencioso, humilde y obstinado de amar lo que se hace, está escondida nuestra mejor esperanza.