Yela

  Columnas

Yela

"No solo la hemos de recordar por sus testimonios artísticos sino también, y sobre todo, por su gran condición humana y por esa simpatía que le permitía hacer las mejores amistades gracias a su infatigable sonrisa".

Cuando fueron a levantarla por la mañana ya no pudo abrir los ojos. Y es que había pasado a dormir el sueño eterno que su destino había previsto tras un largo y positivo trayecto por la vida. A los 99 años, es decir muy cerca de llegar ya a la edad centenaria, Yela Loffredo de Klein arribó al punto final de su existencia, dejando tras ella una trayectoria ejemplar que se convierte en todo un ejemplo para la mujer guayaquileña, producto de este trópico inmenso que mueve a la dinamia, a la incansable labor social y artística y, por supuesto, a la solidaridad.

Recuerdo el día que la conocí. De eso ya hace más de medio siglo, en uno de los pisos del edificio de la Casa de la Cultura del Guayas. Ella estaba en trance de maternidad, esperando a uno de quienes fueron sus 4 hijos, entre ellos la bella Tanya, que fuera elegida Reina de la Caña de Azúcar de América, dentro del hogar ejemplar que formó con ese inolvidable personaje que fue Paul Klein, quien vino de otras tierras y se avecindó en el Puerto Principal, destacándose como un exitoso empresario.

La presencia de Yela en dicho centro cultural guayasense probablemente se debió a alguna gestión por cumplir (tal vez por una futura exposición) como gran artista plástica que fue en la rama de la escultura.

Y es que ella nos ha dejado como testimonio de su incansable compromiso con las artes muchas piezas escultóricas, algunas de las cuales forman parte de su urbanismo, de su ciudad natal, como el grupo escultórico que con claros signos de lo porteño forma parte del parque ubicado a las orillas del estero Salado, frente a la Universidad Católica.

Pero no solo la hemos de recordar por sus testimonios artísticos sino también, y sobre todo, por su gran condición humana y por esa simpatía que le permitía hacer las mejores amistades gracias a su infatigable sonrisa, a su sencillez y a una acción permanente de ayuda a los demás.

Yela ha partido físicamente a ese viaje final que tienen que cumplir todos los humanos. Pero queda de ella lo que sigue sobreviviendo para siempre en la memoria y el corazón de quienes tuvieron la suerte de conocerla.