Columnas

Clases presenciales

"Hay que considerar que esta reapertura intenta asimismo acabar con las desigualdades, ya que un amplio grupo de estudiantes de escasos recursos se quedó sin recibir las clases por la carencia de aparatos electrónicos..."

La “peste amarilla” que exportaron los chinos al mundo hace poco más de un año, tan fulminante como la gripe española que, al parecer, los soldados gringos llevaron desde su país hasta el Viejo Continente en el transcurso de la I Guerra Mundial, y que dejó un saldo de decenas de millones de muertos en trincheras y hospitales, es indudable que nos ha cambiado la vida. Y ello por las tantas medidas restrictivas que debemos adoptar por seguridad personal, más una suerte de prisión domiciliaria que con el pasar de los días ha ido disminuyendo, lo que ha provocado, desgraciadamente, el rebrote de la pandemia.

Esto les tocó también sufrir a los estudiantes, en cuyos planteles se prohibió dictar clases presenciales y así tuvieron que recibir las materias de manera virtual.

En un intento más por irnos reintegrando a la vida normal y el no perder la buena costumbre de reunirnos, el Gobierno, en coordinación con el COE Nacional, ordenó reiniciar desde este lunes paulatinamente el retorno de las clases presenciales, de tal manera que a medida que vayamos derrotando a la pandemia, gracias a la vacunación integral que en cien días nos ha prometido el flamante mandatario Guillermo Lasso, ir aumentando esta capacidad.

Hay que considerar que esta reapertura intenta asimismo acabar con las desigualdades, ya que un amplio grupo de estudiantes de escasos recursos se quedó sin recibir clases por la carencia de aparatos electrónicos o por esa miseria, cada vez mayor, que impide a tantos utilizar televisión y computadoras.

Por supuesto, estas clases presenciales no son obligatorias sino voluntarias, pero han sido 1.301 los establecimientos educativos habilitados, aunque eso sí, cumpliendo severamente con los protocolos de bioseguridad para prevenir la expansión de la pandemia.

Suponemos, tras largos años de haber dejado ya los salones de clases de escuelas, colegios y universidades, que se tratará de un muy feliz reencuentro entre compañeros, que recuperarán esa necesaria sensación de compañerismo y solidaridad (que las pantallas de computadoras no enseñan) y hasta el agradable ruido del tintinear de la campana anunciando los tan esperados recreos y la hora de salida.