Adiós a la solemnidad

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Adiós a la solemnidad

¿Qué malas o simplonas costumbres adquiriremos en el ya no tan incierto futuro?

Es una vieja y repetida expresión la que usamos para afirmar, por enésima o diezmilésima vez, que “los tiempos cambian”. Y claro, no podemos ser los mismos ni vestir de igual manera que nuestros ya arcaicos antepasados, que en vez de los automóviles que ahora nos movilizan por calles y carreteras usaban coches, no vehículos movidos por una energía de muchos caballos de fuerza, sino por solamente uno o dos de tales equinos. Y, por supuesto, tampoco pudieron ellos trasladarse en avión o en helicóptero, ni usaron para sus cálculos las tan exactas y rápidas computadoras que con creces superaron al primitivo ábaco.

Y en cuanto al modo de vestir, también las costumbres y las prendas que nos ofrecen los telares han cambiado, desde las togas antiquísimas hasta los ternos. Y la democracia que hemos venido heredando, no solo en el ámbito político, desde los tiempos de la Revolución Francesa, nos ha venido haciendo, indudablemente, cada vez menos solemnes. De esta manera ya los que fueron graves actos oficiales se cumplen sin la presencia de personajes de rigurosa presentación o severo vestir, esto es necesariamente con saco y corbata, y en los casos de una mayor solemnidad con el uso de los tan oscuros fracs o ‘smokings’ que daban la impresión de estar asistiendo a una muy elegante ceremonia mortuoria, donde se exige la presencia del tan oscuro negro que, como el blanco (su tono adverso), no son precisamente considerados como colores.

Ya no nos sorprendió, de esta manera, que durante el encuentro cimero, para la realización de un gabinete binacional entre los presidentes del Ecuador y Perú en Tumbes, el mandatario sureño se haya presentado en camisa y Lenín con saco pero sin corbata, es decir presentación inaceptable para encuentros similares de hace algunos años. No podíamos imaginarnos siquiera, por ejemplo, hace unas cuatro décadas o más, ver al doctor Velasco Ibarra presentándose sin terno ni chaleco incluido y hasta sin sus pocas veces olvidado sombrero. O a Camilo Ponce, Clemente Yerovi y Parra Velasco cubiertos por la tropical y alegre guayabera. Mucho menos tarareando una alegre guaracha o un escandaloso merengue. ¿Qué malas o simplonas costumbres adquiriremos en el ya no tan incierto futuro?