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Ernesto Albán Ricaurte | La política del enemigo

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Salir de la política del enemigo no exige unanimidad; exige acuerdos sociales mínimos

En Ecuador, hace años la política dejó de ser el arte de convivir con el desacuerdo y se volvió un deporte de demolición. Quien llega al poder suele hacerlo con una convicción peligrosa: que solo ‘los nuestros’ encarnan la razón y que el resto no es adversario, sino enemigo. Y cuando el otro es enemigo, casi todo se vuelve justificable: descalificarlo, expulsarlo del debate, reducirlo a caricatura.

El efecto es inmediato: la política se judicializa. Ya no se intenta ganar con argumentos, sino a través de procesos judiciales. El debate migra a fiscalías y juzgados. Así, los noticieros se parecen cada vez más al parte judicial del día, mientras la conversación sobre empleo, seguridad, educación o salud queda relegada, como si gobernar fuera resistir la próxima denuncia.

No se trata de negar la corrupción. Existe, y debe investigarse y sancionarse. El problema es otro: cuando la justicia se usa, o se percibe que se usa, de manera selectiva, deja de ser árbitro y se vuelve arma. Entonces la ley pierde autoridad moral: si el acusado es ‘de los míos’, es persecución; si es ‘de los otros’, es justicia. El país se queda sin una base común de confianza.

El costo más alto de esta realidad está en que técnicos, académicos, emprendedores y servidores honestos miran ese campo minado y deciden no entrar: ¿para qué exponerse al linchamiento digital, a que cualquier discrepancia sea ‘traición’, o a que una decisión discutible termine en un problema penal? Cuando los mejores se retiran, el vacío lo llenan los que menos tienen que perder.

Salir de la política del enemigo no exige unanimidad; exige acuerdos sociales mínimos: reconocer que el otro puede equivocarse sin ser delincuente; que criticar no es conspirar; que alternar en el poder es democracia, no ‘recuperación de la patria’; y que la justicia debe perseguir delitos, no opiniones.

Porque si la política se construye sobre enemigos, el final se repite: nadie escucha, todos acusan, y los problemas reales, siguen gobernándonos.