Ernesto Albán Ricaurte | El Súper Tazón
En un escenario así, y en el clima político que atraviesa ese país, la forma importa tanto como el contenido
El Super Bowl es la final anual de la NFL: el partido que define al campeón del fútbol americano en Estados Unidos. Por audiencia, además, es otra cosa: una vitrina cultural en horario estelar. Este año, el Súper Bowl LX promedió 124,9 millones de espectadores en EE. UU. (con picos de 137,8 millones) y el show de medio tiempo registró 128,2 millones en directo; en redes sociales, la presentación superó 4.000 millones de visualizaciones en 24 horas.
En ese contexto, la participación del cantante puertorriqueño Bad Bunny no pasó desapercibida. La polémica venía desde antes: a unos les incomodaba que buena parte del show fuera en español; otros temían un pronunciamiento político; y también aparecieron críticas al tono sensual de la puesta en escena en un programa familiar. Detrás de todo eso había un tema de fondo: ver a la cultura latina ocupando el centro del evento más emblemático de la televisión estadounidense.
La actuación contó una historia sin discurso, a punta de imágenes. Puso en primer plano símbolos del barrio y de la vida cotidiana puertorriqueña y, por extensión, latina, con una narrativa que privilegió lo comunitario por encima de lo individual. También incluyó referencias a servicios públicos frágiles y apagones: problemas asociados a Puerto Rico, pero reconocibles para buena parte de la región.
El mensaje lingüístico fue igual de claro: el español no apareció como adorno ni como “momento latino” de relleno. Predominó como lengua del show, sin traducciones ni explicaciones, como si su lugar en ese escenario fuera normal.
El cierre fue el más elocuente. “América” se presentó no como sinónimo de un solo país, sino como todo el continente: una ampliación del término en el mismo evento que, año tras año, exporta la marca cultural de Estados Unidos. Y en lugar de escalar hacia el choque político, remató con una frase destinada a bajar la confrontación: “lo único más fuerte que el odio es el amor”.
En un escenario así, y en el clima político que atraviesa ese país, la forma importa tanto como el contenido: no solo es importante lo que se dice, sino qué se pone al centro del debate y con qué lenguaje se lo vuelve visible.