Shlomo Ben-Ami: El orden mundial hobbesiano de Trump
La percepción de América Latina como zona de influencia exclusiva de Estados Unidos se remonta a la Doctrina Monroe de 1823
Transcurrido un año de su segundo mandato, Donald Trump se ha consolidado como el presidente estadounidense más disruptivo de la historia reciente. Aunque el lema ‘Estados Unidos Primero’ pareció en un inicio una postura aislacionista, hoy expresa una visión hobbesiana del orden internacional, en la que un Estados Unidos fuerte impone su voluntad sobre quienes considera débiles.
En este marco, es poco probable que Trump busque un enfrentamiento militar directo con potencias equivalentes como China o con estados nucleares como Rusia. En cambio, competirá por recursos y tecnologías estratégicas, procurando que otros actores no superen el poder estadounidense. Trump acepta esferas de influencia ajenas solo si no interfieren con lo que considera intereses propios de Estados Unidos. Desde esta perspectiva, la creciente presencia china en América Latina es vista como una amenaza estratégica.
China ha invertido miles de millones en Brasil, Colombia y Argentina, ha duplicado sus compras de soja brasileña y ha convertido al puerto peruano de Chancay en un nodo logístico clave. Su comercio electrónico con la región creció cerca de 50 % en 2025, acompañado de inversiones en infraestructura digital alineadas con sus objetivos de soberanía de datos y vigilancia. Además, China ha expandido su presencia militar mediante ventas de armas, cooperación y alianzas, especialmente con Venezuela.
La percepción de América Latina como zona de influencia exclusiva de Estados Unidos se remonta a la Doctrina Monroe de 1823. Desde entonces, casi un tercio de las intervenciones militares estadounidenses en el mundo ocurrieron en la región. Aunque en 2013 la administración Obama declaró superada esa doctrina, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 de Trump promete “reafirmarla y hacerla cumplir”.
En ese contexto se inscribe la intervención estadounidense en Venezuela y el arresto de Nicolás Maduro. Si bien Maduro gobernaba de forma autoritaria y había destruido la economía venezolana, la acción de EE.UU. no respondió a un compromiso con la democracia. Trump no mostró interés real en permitir que líderes opositores electos asumieran el poder, y en su lugar aceptó un gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez, figura más funcional a sus intereses.
La NSS deja claro que EE.UU. no tolerará que potencias extrahemisféricas controlen activos estratégicos en la región. El objetivo central es el petróleo venezolano, cuyas exportaciones beneficiaban mayoritariamente a China y, en menor medida, a Cuba. Controlar esa industria permitiría a EE.UU. debilitar a ambos países y beneficiar a sus propias empresas energéticas. Además del petróleo, Venezuela posee minerales críticos, incluidos posibles elementos de tierras raras, esenciales para industrias tecnológicas. El control de estos recursos se inscribe en una estrategia más amplia que incluye acuerdos forzados con Ucrania y el interés de Trump por Groenlandia.
Trump sostiene que estas acciones buscan recuperar el “respeto” hacia EE.UU. Algunos líderes lo apoyan por conveniencia política, pero el miedo y la coerción no generan confianza. Al intervenir en Venezuela, Trump ha debilitado el orden internacional, legitimado otras invasiones y abierto la puerta a una era de mayor confrontación. Evitarla requerirá que las potencias emergentes defiendan activamente las normas globales.