Suerte o muerte

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Suerte o muerte

Hay rumores de guerra en los pasillos del poder. El ruido de sables se escucha en las gradas de los palacios. Palabras amenazantes vuelven a entrar al léxico de los políticos. Y en medio de todo eso, el Gobierno Nacional hace lo que bien podría ser un último intento de pasar su agenda legislativa por la Asamblea, antes de decidirse por la opción nuclear criolla: la muerte cruzada.

Somos muchos los que no consideramos el camino de la muerte cruzada como el más aconsejable. Sin embargo, los impredecibles eventos y la típica soberbia de nuestra clase política parecen confabularse para llevarnos en esa dirección. Viéndonos en tales circunstancias, vale la pena contemplar lo que se puede venir para que no nos tome por sorpresa.

Si el presidente Lasso se decide por la muerte cruzada, tiene que entender que el país de hace dos meses ya no existe. Su triunfo electoral ya quedó para la historia, llevándose consigo a la luna de miel que tanto puede embriagar a un novato en el poder. El éxito maravilloso del plan de vacunación, que personalmente nunca dejaré de agradecer, ya se devaluó en el cruel y rápido mercado electoral de nuestros tiempos. Si insiste en usarlo demasiado, le quitará todavía más valor y lo convertirá en lo que llegaron a ser las carreteras del correísmo y la supuesta “descorreización” del morenismo: una muletilla frustrante.

Por supuesto, no todo es gris para el Gobierno. Sus enemigos y rivales tampoco gozan de demasiada fuerza. La centroizquierda teme perder los escaños que ganó casi que por un accidente de la historia. El correísmo trata de reinventarse, pero no lo logra. Y la Asamblea que ahora parecen dominar se hunde cada día más en la impopularidad. Pero ahí está el detalle.

Con la muerte cruzada, el presidente desvanecerá de un plumazo al cuco de la Asamblea corrupta y bloqueadora y se quedará solo en la palestra del poder. Todos los ojos se posarán sobre el mandatario mandando por decreto, quemándose como el único recipiente de las frustraciones populares. Ya no compartirá el poder, pero tampoco dividirá el precio de ese poder.

‘Sic transit gloria’, Excelentísimo Señor Presidente.