Réquiem para un imperio

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Réquiem para un imperio

El Imperio Británico de 1914 se convirtió en la Commonwealth británica de 1931, y finalmente en la Commonwealth a secas, con la reina como titular. Su influencia reside en su alcance global. Siguiendo los contornos del Imperio Británico, fue la única organización mundial (aparte de las Naciones Unidas y sus agencias) con presencia en todos los continentes’.

Entre los muchos y muy merecidos tributos a la reina Isabel II, un aspecto de su reinado de 70 años quedó de trasfondo: su papel de monarca de 15 reinos, incluidos Australia, Nueva Zelanda y Canadá. También encabezaba la Commonwealth, un grupo de 56 países, principalmente repúblicas. Esta comunidad de estados independientes, casi todos ellos exterritorios del Imperio Británico, ha sido crucial para conservar una conexión británica en el mundo de la era posimperial. Si este vínculo es meramente una reminiscencia histórica, si representa algo sustancial en los asuntos internacionales y si (y por cuánto tiempo) podrá sobrevivir al deceso de la reina, se han vuelto cuestiones de gran interés, en especial a la luz de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. En la Pax Britannica del siglo XIX Gran Bretaña ejercía un poder global por sí sola. El sol nunca se ponía en el Imperio Británico: la armada inglesa dominaba los mares, las finanzas británicas regían los mercados mundiales e Inglaterra mantenía el equilibrio de poder en el continente europeo. Esta era de “espléndido aislamiento” acabó en la I Guerra Mundial, que afectó seriamente el estatus de Gran Bretaña como potencia mundial y, en consecuencia, fortaleció a otros candidatos a ese rol. A medida que los resultados de la I Guerra Mundial se fueron confirmando con los de la II Guerra Mundial, la política exterior británica se centró en la doctrina de los “tres círculos”. La influencia británica en el mundo dependería de su “relación especial” con Estados Unidos, su posición de jefe de la Commonwealth (sucesora del imperio) y su posición en Europa. Al ser miembro de estos tres círculos superpuestos que se reforzaban recíprocamente, Gran Bretaña podía esperar maximizar su poder duro y blando, y reducir los efectos de su menor tamaño económico y militar. Los diferentes gobiernos británicos asignaron distintos pesos a estos tres círculos de poder. El más importante y continuo era la relación con EE.UU. La política británica hacia Europa siempre ha sido la de evitar el surgimiento de una Tercera Fuerza independiente de una OTAN liderada por EE.UU. Los gobiernos británicos han buscado maximizar los beneficios para el país en términos de comercio y turismo, al tiempo que evitaban los peligros de la contaminación política. No debería causar sorpresa el que hoy Gran Bretaña se una a EE. UU. para proyectar el poder de la OTAN en Europa del Este por sobre las golpeadas espaldas de la UE. Así, Gran Bretaña se ha quedado con solo dos círculos. Después del brexit, el legado de la reina está claro. Gracias a su puesto oficial y sus cualidades personales preservó la Commonwealth como posible vehículo para proyectar lo que queda del poder duro británico, por ejemplo, mediante alianzas militares en el Pacífico Sur. Y su poder blando -reflejado en sus relaciones comerciales, su prestigio cultural en Asia y África, y su ideal multicultural- es un bien público global en una época de crecientes conflictos étnicos, religiosos y geopolíticos. Tengo mis dudas sobre si los dos círculos restantes podrán compensar la ausencia de Gran Bretaña del tercero. La pregunta cuya respuesta está pendiente es cuánto de la durabilidad de la Commonwealth dependía de la longevidad de la fallecida monarca y cuánto de ella puede preservar su sucesor.