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Columnista internacional | Europa no puede evitar un ajuste de cuentas con la IA

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Europa, en contraste, ha tratado la IA principalmente como una cuestión regulatoria

En el ámbito de la inteligencia artificial, el principal desafío de Europa no es la llegada de modelos extranjeros ni la expansión de plataformas estadounidenses y chinas, sino que la economía política de la IA se apoya en ámbitos donde Europa es más débil: capacidad industrial, infraestructura computacional (chips y centros de datos) y un mercado único realmente integrado que permita escalar estratégicamente. Estas carencias se vuelven críticas porque la política estadounidense está pasando de ‘gestionar a China’ a ‘superar a todos’. El arancel del 25 % sobre ciertos chips avanzados de IA, junto con los controles a la exportación, busca atraer inversiones en semiconductores de alta gama y acelerar el desarrollo de la infraestructura de IA en Estados Unidos. Esta estrategia rompe con tres supuestos tradicionales: la primacía de la eficiencia de mercado, la dependencia china de la computación importada y la idea de que Europa podría limitarse a regular sin desarrollar capacidades soberanas. Estados Unidos combina subsidios, incentivos fiscales y contratación pública para redefinir dónde se diseñan y fabrican los chips. China, por su parte, impulsa aceleradores de IA nacionales, amplía su capacidad productiva y vincula su infraestructura tecnológica a su diplomacia económica. Europa, en contraste, ha tratado la IA principalmente como una cuestión regulatoria, mientras sigue dependiendo de chips, computación en la nube y modelos extranjeros. Como resultado, Europa importa la mayoría de sus semiconductores avanzados, enfrenta precios de electricidad industrial más altos que Estados Unidos y depende de proveedores estadounidenses para gran parte de su computación. Esta dependencia resulta especialmente peligrosa en un contexto geopolítico tenso, en el que Europa se sitúa entre una Rusia agresiva y una administración estadounidense dispuesta a instrumentalizar sus vínculos industriales y tecnológicos. Una restricción repentina del acceso a la computación avanzada tendría efectos inmediatos sobre la defensa, la sanidad, las finanzas y la industria europeas. Ante estos riesgos, Europa debe ir más allá de la excelencia normativa. Sin una infraestructura física y financiera sólida, la regulación se convierte en un lastre. Es necesario apoyar grandes clústeres informáticos, garantizar energía barata y confiable y comprometer inversiones sostenidas en sectores estratégicos. Aunque estos proyectos requieren enormes recursos -y se estima que Europa necesitará unos 3 billones de euros en cinco años-, no partiría de cero. Europa controla tecnologías clave, como la litografía ultravioleta extrema a través de ASML, y empresas como Zeiss y Trumpf ocupan posiciones estratégicas en la cadena de suministro. Además, aunque el capital es escaso, puede movilizarse con rapidez: la financiación en IA y en tecnologías de defensa ha crecido, y los inversores muestran un interés creciente por los activos industriales estratégicos europeos. La Unión Europea debe usar su poder de mercado, condicionando el acceso, la contratación pública y las aprobaciones regulatorias a compromisos locales, y movilizar capital a largo plazo mediante garantías públicas y financiación mixta. También debe abordar energía, computación y centros de datos como un único desafío de planificación.

La lección no es desregular, sino reconocer que la regulación sin hardware, computación y capital deja a Europa peligrosamente expuesta. Europa aún puede aprovechar esta oportunidad, pero solo si desarrolla las capacidades que dan sentido a la regulación.