Ricardo Hausmann | El imperialismo sin excusas de Trump
Si Estados Unidos quiere que los venezolanos -y el mundo- consideren su intervención como temporal y legítima
Los analistas suelen interpretar la captura de Nicolás Maduro como un intento de cambio de régimen impulsado por Estados Unidos o como un esfuerzo por preservar el orden político sin Maduro. Sin embargo, estas lecturas pasan por alto un hecho más profundo: el surgimiento de una nueva forma de imperialismo, más discreta pero potencialmente más eficaz. En lugar de imponer una ocupación directa o un gobernador colonial, este modelo opera a través de mecanismos indirectos. Venezuela conserva ministerios, tribunales, fuerzas de seguridad y símbolos formales de soberanía, pero su base económica -la capacidad de vender petróleo y disponer de esos ingresos- ha quedado bajo control estadounidense. Como declaró el presidente Donald Trump, EE.UU. necesita “acceso total” al petróleo y a otros recursos del país. A diferencia de las sanciones tradicionales, este sistema funciona como una sindicatura informal. Washington comercializa el petróleo venezolano, administra los ingresos en cuentas que controla y utiliza ese acceso financiero para disciplinar a las autoridades locales. El precedente histórico más cercano no es la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial, sino el gobierno indirecto propio del colonialismo: las autoridades locales gestionan la vida cotidiana mientras el poder imperial retiene el control del comercio, la política exterior y las principales fuentes de ingresos. Paradójicamente, una mayoría de venezolanos recibió con alivio esta pérdida de soberanía, según una encuesta de The Economist. Esta reacción refleja menos un respaldo al imperialismo estadounidense que una condena al chavismo. Durante años, muchos percibieron que la soberanía ya estaba erosionada por la dependencia de actores externos como Rusia y Cuba, a través de servicios de inteligencia y acuerdos financieros opacos. La operación del 3 de enero para capturar a Maduro reforzó esa percepción. Cuba informó que 32 de sus militares y agentes de inteligencia murieron en la incursión, lo que evidenció el grado de infiltración extranjera en el aparato de seguridad venezolano. Así, un país considerado durante décadas un Estado cliente se transforma ahora en un protectorado estadounidense, no mediante anexión o invasión, sino a través del control de sus exportaciones petroleras. En este contexto, las narrativas adquieren un valor estratégico. Históricamente, los imperios han utilizado relatos morales para legitimar su poder y hacerlo predecible. Las potencias europeas del siglo XIX hablaban de civilización y deber moral. EE.UU., tras la II Guerra Mundial, construyó una narrativa distinta, basada en la defensa de la libertad y el rechazo explícito al saqueo imperial, lo que fortaleció alianzas y elevó el costo reputacional de la depredación. La narrativa de Trump rompe con esa tradición. Prescinde de justificaciones morales y reduce el poder a una lógica transaccional. Al descartar el derecho internacional y hablar abiertamente de “tomar el petróleo”, vincula la autoridad al temperamento personal más que a reglas e instituciones, volviendo el ejercicio del poder impredecible y poco confiable. Si EE.UU. desea que su intervención sea vista como legítima y temporal, debe imponer límites claros: un calendario creíble para elecciones, gestión transparente y auditada de los ingresos petroleros y un compromiso firme con los derechos humanos, incluida la liberación de presos políticos. Sin estas condiciones, Venezuela no avanzará hacia la democracia, solo sustituirá una forma de tutelaje por otra.