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Claudia Tobar Cordovez | Los tiempos han cambiado

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El tiempo con los hijos, por más intenso que sea, es corto: apenas 18 de los 100 años que probablemente vivirán

Es frecuente que las conversaciones entre abuelos y padres giren en torno a cómo los tiempos han cambiado. Entre recuerdos y bromas, todos comparan las dramáticas diferencias entre lo que era ser joven antes y lo que significa ser joven hoy. No solo la tecnología ha transformado drásticamente nuestras relaciones, el entretenimiento y la comunicación, sino también los vínculos mismos, que poco se parecen a los del pasado.

La crianza es, quizás, el cambio más significativo: la relación entre padres e hijos resulta irreconocible para alguien de la generación anterior. Los abuelos miran con asombro cómo los nietos responden a sus padres, mientras los padres intentan construir vínculos más cercanos con sus hijos.

La verdad es que las formas de criar son distintas. Los abuelos tienden a aferrarse a lo que conocen, a lo que vivieron y a lo que sienten que les funcionó. “A mí no me preguntaban qué quería comer, me decían: ‘come y calla’”, me dice mi abuela cuando ve a sus bisnietos sentarse a la mesa. Hoy, en cambio, ofrecemos a los niños opciones, escuchamos sus preferencias (quizás en algunos casos demasiado). Intentamos que, por ejemplo, la hora de comer no sea una tortura ni deje malos recuerdos en el futuro.

El gran desafío de nuestra generación está en encontrar el balance. Las generaciones pasadas admiten que la relación con sus padres era distante: no había mucha confianza y la autoridad no recibía retroalimentación. Sin embargo, también reconocen que esas dinámicas les dieron seguridad y disciplina. Para encontrar ese equilibrio hoy debemos ofrecer límites claros, con firmeza y asertividad. Y es, por supuesto, más fácil decirlo que hacerlo.

La realidad es que el tiempo con los hijos, por más intenso que sea, es corto: apenas 18 de los 100 años que probablemente vivirán estarán bajo nuestro techo. Ese tiempo debe estar lleno de confianza, alegría y cariño. Ser padre o madre es una tarea ingrata y desinteresada, pero profundamente gratificante.

En mi búsqueda de ese balance, me llevo esta frase: “Educa a tus hijos de tal manera que el día de mañana no te necesiten, pero sí te quieran”.