Claudia Tobar Cordovez | El costo de querer caer bien
Los malos momentos que evitan las personas complacientes terminan acumulándose en problemas más graves
Nos enseñaron que ser agradables era una virtud. Nadie nos advirtió el costo. El pertenecer es una necesidad esencial según la pirámide de necesidades de Maslow. En la adolescencia vemos cómo los jóvenes harán de todo con tal de pertenecer con sus amigos. Conforme maduramos, usamos un poco más de la corteza prefrontal para tomar mejores decisiones, pero resulta increíble cómo el ‘caer bien’ es más importante que nuestro propio bienestar.
Este rasgo de personalidad de ser ‘agradable’ se refiere no solo a ser una persona colaborativa y fácil de tratar, sino a una necesidad de estar pensando todo el tiempo si le caes bien a los demás y qué debes o no hacer para ser agradable. En la práctica vemos a una persona muy complaciente que, con tal de caer bien, está dispuesta a hacer cosas que no le corresponden, que la ponen incómoda o que no debe. Este rasgo es muy común en las mujeres ejecutivas; como ha sido tan duro el camino para ganarse puestos de liderazgo quieren a toda costa no ser vistas como duras, mandonas o bravas. El problema con ser complaciente es que te traicionas constantemente a ti mismo. Por quedar bien con los demás sacrificas tu tiempo, tus pertenencias e incluso tus sueños.
Para ponerlo en un ejemplo: un colaborador te pide por tercera vez que le ayudes haciendo su reporte; para no caerle mal, terminas una vez más haciendo su trabajo por miedo a que tu respuesta signifique rechazo o malestar. Y sin darte cuenta, normalizas que tu tiempo y tu trabajo valen menos.
El extremo opuesto son las personas a las que no les importa ni miden si están cayendo mal u ofendiendo a otros; como todo en la vida, todo extremo es malo.
La realidad es que ser agradable no necesariamente es ser buena persona. Por tratar de caer bien no eres directo, no eres honesto y eso a la larga puede ser más perjudicial que caer mal. Los malos momentos que evitan las personas complacientes terminan acumulándose en problemas más graves a nivel personal y profesional. Ser agradable no debería costarte tu paz, tu tiempo ni tu identidad. Decir que sí todo el tiempo no te hace más generoso, te hace invisible. El problema no es ser amable, es no poner límites.