Saber sufrir al prójimo

  Columnas

Saber sufrir al prójimo

En cuanto al resto, estarán condenados a nunca poder gobernar, o volver a gobernar, en democracia

Uno de los primeros artes que aprendemos en esta vida es saber sufrir al prójimo con la paciencia necesaria para convivir. Poco a poco nos vamos enterando de que no se puede existir en paz en este mundo tratando de desplazar a quienes nos molestan. Para jugar tenemos que saber compartir la cancha. Para pasar los exámenes nos hace falta juntarnos para estudiar. Para no volvernos locos nos toca tolerar al vecino y sus manías. Así descubrimos que hasta quienes amamos y nos aman son también mezquinos e ignorantes. Y luego nosotros, sin poder cerrar para siempre los ojos frente al espejo, aceptamos que somos imperfectos y aprendemos a convivir con nuestra propia culpa. Lamentablemente, muchos nos resistimos a aprender bien esta lección, y entre tantos que se quedan de año nuestros políticos sobresalen. Y eso que no les ha faltado la experiencia.

No es fácil llevar la cuenta de los golpes y conjuras en la historia de nuestra joven república. Y aunque ya llevamos una racha de 16 años sin un golpe exitoso, no es razón para confiarnos. Este mismo año hemos visto hasta donde llegan los límites de la tolerancia y la paciencia de nuestra clase política, que son tan vitales para la vida como para la democracia. Ni bien comenzaba el gobierno y ya salía a la luz una supuesta conspiración, con el fin de evitar una eventual posesión de Arauz si es que triunfaba en las urnas. Poco después, no tardaron en aparecer ánimos desestabilizadores de calentar las calles contra el presidente Lasso. Estas últimas semanas hemos visto al Gobierno calificar a casi toda la oposición de conspiradora, invirtiendo los roles del correato. Para rematar, un bloque legislativo abusa de su rol fiscalizador no para interpelar a un gobierno que debe transparentarse, sino para forzar su caída a toda costa, incluso si eso significase violentar la Constitución que su movimiento mismo creó.

Todavía hay esperanza de que algunos políticos más aprendan la lección. Para eso tal vez sea necesario que los salven justamente quienes hace no mucho tiempo ellos mismos intentaron desplazar. En cuanto al resto, estarán condenados a nunca poder gobernar, o volver a gobernar, en democracia.