Ignorancia y violencia
La salud mental debería ser una prioridad del Estado no solo en campañas
Miércoles por la noche. Llega un mensaje alarmante de una amiga.
Capturas de pantalla con frases directas que la inducían a que “acabe con su vida”, que “jale el gatillo”, “que de una vez por todas deje el drama”. Cuando las leí, mi primera reacción fue preguntarle quién le dijo estas estupideces.
Pero la verdad es que no importa si el que las escribió es un cobarde, exconductor de varios programas de farándula. No importa ni siquiera que mi amiga sea Érika Vélez, una talentosísima y conocidísima actriz y animadora. Porque ella, ante todo, es un ser humano que se ha atrevido a hablar públicamente de su depresión. Lo hizo porque entiende que al decirlo invita a muchos que viven lo mismo a no abstraerse y a poner sobre la mesa que la depresión existe.
Conozco a Érika hace años, y sé lo que significó para ella hacerlo. Entiendo que cada vez que habla del tema es un proceso complejo y también sé cómo pueden afectar los comentarios que nacen a raíz de sus declaraciones.
Si a Érika Vélez, que para muchos tiene una vida soñada, sufre depresión, solo imagínense cuánta gente está en esa situación. Usted o alguno de sus amigos, por ejemplo.
Y si un ser querido que la padece confiesa que tiene ideas suicidas, ¿qué clase de persona le diría que se mate?
Tan condenables son los mensajes que Pocho Quintero publicó, que sus propios seguidores lo cuestionaron. Pero quedó la pregunta: ¿cómo pudo invisibilizar una condición por un deseo absurdo de figurar?
Es tan peligroso y violento que se difundan estos mensajes, no solo por lo que significan, sino por la repercusión que pueden tener.
Érika sabe perfectamente que se trata de un ignorante con redes sociales, pero piensen en cómo podría tomarlo alguien que lo sigue y que tiene depresión.
Asusta lo poco en serio que se toma esta problemática. La salud mental debería ser una prioridad del Estado no solo en campañas. Hay que generar políticas públicas que realmente se preocupen del tema pero, sobre todo, hay que dejar de lado el odio, ser más empáticos y saber que la enfermedad está más cerca de lo que imaginamos.