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Carmen Ojeda Oquendo | El costo emocional de la ambivalencia afectiva

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Una recomendación práctica es empezar por límites pequeños y claros. No son ultimátums

Hay relaciones que no duelen lo suficiente como para irse, pero tampoco nutren lo necesario como para quedarse. Son vínculos ambivalentes: esos en los que un día te sientes profundamente querido y al siguiente emocionalmente invisible.

En consulta es cada vez más común ver parejas atrapadas en esta dinámica y suele aparecer donde hay afecto sincero, pero también inseguridad, miedo a la pérdida y dificultades para comunicarse. La persona recibe señales contradictorias: cercanía seguida de retirada, interés mezclado con indiferencia. Esa inconsistencia activa un estado de alerta permanente. El cerebro intenta interpretar cada gesto, anticipar cambios y evitar errores, lo que mantiene a la persona en tensión constante.

El problema no es solo lo que pasa, sino lo impredecible que resulta. Nuestra mente se regula con estabilidad; cuando el afecto aparece y desaparece, la relación se vuelve un terreno incierto.

Muchas personas terminan adaptándose al caos para no perder los momentos de conexión, incluso si eso implica callar necesidades o aceptar dinámicas desequilibradas.

Clínicamente, este tipo de vínculo puede derivar en agotamiento emocional, sensibilidad al rechazo y dificultad para confiar. La persona empieza a preguntarse si exagera, si pide demasiado o si no debería sentirse así. La duda interna es parte del daño: la ambivalencia confunde.

Salir de esta trampa requiere reconocerla. Preguntarse: ¿me siento más en calma o en alerta con esta relación? ¿Hay estabilidad o incertidumbre?

Una recomendación práctica es empezar por límites pequeños y claros. No son ultimátums, sino expresar con serenidad qué necesita y qué no está dispuesto a tolerar. A veces pedir coherencia -tiempos de respuesta razonables, acuerdos básicos, continuidad afectiva- revela rápidamente si la relación puede repararse o si el otro evita asumir responsabilidad emocional. Ese simple acto suele devolver orden interno.

El amor sano no debería vivirse como un examen diario que hay que aprobar, sino como un espacio donde se percibe cuidado más que cansancio.