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Carlos Andrés Vera | Uno en dos mil

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Le pasó en las últimas semanas a Gonzalo Plata, que estuvo en el centro de cuestionamientos por su situación en Flamengo.

La probabilidad de que un niño ecuatoriano llegue a jugar en la selección nacional de mayores es aproximadamente de 1 en 2.000. Menos del 1 % de los chicos que entran a una escuela de fútbol logra convertirse en profesional, y de ese grupo apenas una fracción llega a vestir la camiseta de la selección. Decenas de miles se quedan en el camino en una batalla donde el talento no basta: hace falta disciplina, resiliencia, tesón y suerte. A la selección llegan solo ganadores. Pero basta un tropiezo, o la exposición de sus defectos, para que una parte de esta sociedad quiera pulverizarlos.

Le pasó en las últimas semanas a Gonzalo Plata, que estuvo en el centro de cuestionamientos por su situación en Flamengo. No es la primera vez -y probablemente no será la última- que nos enteramos de episodios de indisciplina de su parte. Le pasó antes a Gonzalo Valle. Y antes, a Kendry Páez. La sentencia social es inmediata: “borracho”, “tiene más noches que Batman”, “asesino”, “delincuente”. Siempre habrá un jugador que se convierta en blanco -ocasional o permanente- para que un sector de la hinchada o de la opinión pública decida convertirlo en símbolo de todo lo que está mal.

El problema es que no somos mejores que ellos. El nivel de juicio que se les impone proviene de una sociedad que no logra exigirse colectivamente estándares mínimos en ningún ámbito -institucional, cívico, profesional- pero que se vuelve implacable cuando se trata de sus futbolistas. Una sociedad alcoholizada acusa a sus jugadores de borrachos. Un país agotado descarga su frustración desde el sofá, a través de redes sociales, sin tener la menor idea de lo que implica el alto rendimiento deportivo.

El espectáculo me resulta repugnante. A las puertas de un Mundial, además, cuando lo que necesitan nuestros jugadores es enfoque. Desde referentes como Pacho o Caicedo, hasta los cuestionados como Plata o Kendry, estos futbolistas no solo nos representan porque llevan la camiseta sino porque vienen de nuestras calles, de nuestras canchitas de tierra, de nuestras casas. Si bajamos el dedo acusador, veremos que este grupo encarna un mensaje extraordinario: Ecuador puede competir, medirse de tú a tú con los mejores del mundo y soñar en grande a pesar de la adversidad. Cada jugador es uno en dos mil, extraordinario, con su luz y con su oscuridad.