Carlos Andrés Vera | La nueva cancha
Entre EE. UU. y China o Rusia: los gringos tienen elecciones. Trump no es un dictador. Su poder está limitado
La reunión de presidentes de la región con Donald Trump, sumada a la captura de Nicolás Maduro y a las negociaciones que ayer anunció Cuba, nos da una idea clara sobre la nueva cancha geopolítica que está trazando Estados Unidos en América Latina. El tío Sam patea el tablero y alinea a todos los actores posibles en función de sus intereses, y no de las ambiguas retóricas de la ONU. Conviene plantear lo más importante, sin ingenuidad: a Trump no necesariamente le interesa la democracia en la región. Le interesa reducir la influencia de sus rivales globales, especialmente China, Rusia e Irán.
El caso de Venezuela ilustra muy bien este tablero. Durante décadas, el régimen chavista funcionó como un hub político, económico y criminal desde el cual los rivales y enemigos de EE.UU. proyectaban su influencia. Para Washington eso representa un problema estratégico antes que moral. La captura de Maduro cambió ese escenario. Trump ha logrado que lo que queda del chavismo se acomode a sus intereses: se restringió el acceso de China y Rusia a recursos naturales, se frenó el financiamiento político regional del chavismo, se ataca la operación de organizaciones criminales y se liberan presos políticos. Sin embargo, eso no garantiza una transición a la democracia. Podría consolidarse un poder chavista indefinido y reciclado, funcional al tío Donald. ¿Cómo evitarlo? La respuesta no depende de Trump sino de los venezolanos. La democratización de su país exige movilización y presión interna, lobby internacional y liderazgos capaces de crear el escenario para elecciones libres. Se ha caminado muchísimo, pero el trabajo está lejos de estar terminado. La esperanza y viabilidad de ese escenario radican en una diferencia estructural entre EE. UU. y China o Rusia: los gringos tienen elecciones. Trump no es un dictador. Su poder está limitado en un contexto donde la opinión pública importa y los costos políticos existen. A diferencia de Xi Jinping o Putin, Trump tarde o temprano tiene que dar explicaciones a sus ciudadanos y someter su legado político al voto popular.
Para la región entera, y para Ecuador, el desafío es aprender a moverse en esta nueva cancha, donde EE.UU. juega su juego y prioriza sus intereses. El reto es que sepamos potenciar intereses en común, al mismo tiempo que defendamos los intereses nacionales.