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Carlos Alberto Reyes Salvador | Seguridad de papel

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Cuando criminales entran por la garita principal, la verdadera muralla que ha caído no es la de concreto, es la de la ilusión

Recientemente un hecho brutal sacudió una de las zonas que, hasta hace poco, se consideraban inexpugnables: Isla Mocolí, en Samborondón. Un asesinato múltiple cometido dentro de una urbanización privada, en plena cancha de fútbol, dejó al descubierto algo mucho más profundo que un fallo puntual de seguridad. Dejó al desnudo una verdad incómoda: la seguridad que creemos tener es, en gran medida, una ficción cuidadosamente construida.

No se trató de un crimen fortuito ni improvisado. Entre diez y quince hombres, movilizados en tres camionetas, fuertemente armados, atravesaron sin mayor resistencia la garita de la isla y luego violentaron la de la urbanización. Entraron como quien entra a su propia casa. Redujeron a los presentes, identificaron a sus objetivos y ejecutaron a tres personas. Precisión, logística, inteligencia previa. Nada de eso es casual. Todo habla de estructuras criminales organizadas, profesionalizadas y, lo más alarmante, completamente integradas en la vida cotidiana.

Los muros, los cercos eléctricos, los guardias privados, las cámaras, los accesos controlados, nada sirvió. Todo colapsó en minutos. Lo ocurrido evidencia que el modelo de ‘urbanizaciones blindadas’ no ofrece protección real frente a organizaciones criminales que ya no operan desde la periferia, sino desde dentro del tejido social. La idea de que el peligro está ‘afuera’ se ha vuelto obsoleta.

Durante años Guayaquil y sus alrededores se inundaban con las lluvias, con los esteros desbordados y con los grillos. Hoy la inundación es otra. Estamos rodeados de narcovecinos. De fortunas súbitas e inexplicables. De carros blindados sin placas, de supuestos guardaespaldas, de casas ostentosas que nadie sabe bien a qué se dedican quienes las habitan. El lavado de dinero dejó de ser una abstracción para convertirse en paisaje.

Atrás quedaron las épocas de la buena vecindad, de conocer al de al lado, de confiar en el entorno. Hoy no sabemos quién vive junto a nosotros ni a qué intereses responde. La delincuencia organizada no solo disputa territorios; disputa normalidad. Compra silencio, compra indiferencia, compra convivencia.

Lo ocurrido en Mocolí no es un hecho aislado ni excepcional. Es un mensaje. Un recordatorio de que el narcotráfico ha penetrado todos los estratos sociales y que ninguna burbuja es suficiente cuando el Estado se retira, cuando la justicia no alcanza y cuando la seguridad se privatiza sin control ni coordinación real.

La pregunta ya no es si estamos seguros, sino cuánto tiempo más seguiremos fingiendo que lo estamos. Porque cuando los criminales entran por la garita principal, la verdadera muralla que ha caído no es la de concreto, es la de la ilusión.

Lo ocurrido obliga a replantear el concepto mismo de seguridad. No basta con más guardias o más cámaras. Se requieren protocolos integrales, sistemas de alerta coordinados, mecanismos de respuesta inmediata y una articulación efectiva entre seguridad privada y fuerzas públicas. Pero, sobre todo, se necesita prevención: inteligencia financiera, control del lavado de activos, fortalecimiento institucional y políticas que ataquen las raíces del problema.

El caso de Isla Mocolí demuestra que no existen burbujas impermeables y que la delincuencia organizada ha logrado penetrar espacios que se creían intocables.