El mito del Leviatán

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El mito del Leviatán

...actúa cómplice una sociedad que se ha acostumbrado a esperar del Estado, que lo invita a actuar y a intervenir cada vez que surge un desafío o problema del que no quiere hacerse responsable

¿C ómo avanza el Estado a expensas de la libertad? En gran parte por la promiscuidad regulatoria, la maraña normativa que tiene su fuente en reglamentos, acuerdos ministeriales y disposiciones de incontables organismos públicos que proliferan conforme el Estado expande su ámbito de intervención. Hace rato que el principio de reserva de ley no vale ni el papel en el que está escrito. Regular es una tentación a la que excepcionalmente resiste quien ostenta el poder, y una vez expedida la normativa y creadas las funciones e instituciones necesarias para administrarla, se vuelve casi imposible dar marcha atrás, hacerlas desaparecer; al contrario, se ejercen las funciones al límite, solo para encontrar que resultan insuficientes. Los tentáculos normativos aumentan incesantemente y se logran entonces atribuciones adicionales, que nuevamente se ejercen al límite o más allá. Y así sucesivamente, en una dinámica parasitaria y viciosa.

Frente a esta expansión incesante del poder público, actúa cómplice una sociedad que se ha acostumbrado a esperar del Estado, que lo invita a actuar y a intervenir cada vez que surge un desafío o problema del que no quiere hacerse responsable. El hombre promedio ha descargado en el diseño burocrático la seguridad de su jubilación, la estabilidad de su empleo, la provisión de salud y educación, la garantía de un ambiente saludable y seguro, al fin y al cabo todo esto se ha comprometido a garantizar el Estado junto a una lista interminable de promesas en que se asienta el entramado regulatorio e institucional, pues la creación y existencia de cada institución y atribución del poder está justificada, según la falsa o al menos ingenua exposición de motivos de la norma que la origina, en la necesidad de cumplir alguna garantía. Así el poder se agazapa tras la garantía de seguridad para escudriñar la vida e intimidad personal, tras la garantía de jubilación para imponer la estafa del seguro social obligatorio, cuyos fondos mal invierte o distrae para otros fines; a la protección, en fin, de cualquier causa etiquetada bajo el buen vivir para someter el ejercicio de la libertad en cualquier campo a complejas limitaciones y condiciones burocráticas.

¿Cuándo llegará ese día en el que, como dijo Borges, merezcamos no tener gobiernos?