Columnas

La cultura del rebaño

Pero está en nuestras manos recuperar una cultura de responsabilidad individual por el propio destino, para que la sociedad deje de creer en la absurda promesa del Estado de bienestar

La Conaie se alzó una vez más con botín; y volverán a por uvas. Hay algo más que impunidad en la raíz de este mal recurrente y es el telón de fondo cultural que registra como represión la acción legal de la fuerza pública y como derecho a la protesta, un paro criminal; que defiende el derecho humano del vándalo mientras calla frente a la prensa apaleada, los policías secuestrados, los militares asesinados, los enfermos que no llegan a los hospitales por el bloqueo; que alberga y alimenta a las huestes del asedio mientras raya con el clavo de una mirada indolente al comerciante saqueado, al productor cuya leche se derrama en las alcantarillas, cuyos vegetales se pisotean en las aceras, cuyas flores alimentan hogueras bárbaras.

En el trasfondo de esta locura colectiva está la suposición, tan ingenua como popular, de que el otro debe hacerse cargo de los problemas, de que el Estado debe garantizarlo todo, vivienda, salud, trabajo, educación, ambiente saludable, buen vivir, igualitarismo, como si el dinero para financiar tamaña estafa cívica aflorara como los hongos silvestres, o la sociedad fuese un rebaño de menores incapaces que deben ser puestos bajo tutela estatal. Pasó de moda aquello de comerás el pan con el sudor de tu frente, pues desde la escuela el mensaje es que el vago también es premiado, que el sistema finalmente iguala a todos con independencia de su mérito. Como dice el tango, da lo mismo ser derecho que traidor. El paro criminal puso de rodillas el principio de autoridad, pero la autoridad vive arrodillada ya desde las aulas escolares, con alumnos exigiendo a capricho y profesores inermes ante personalidades selectivamente hipersensibles, que se arrojan a las calles sin chistar por el cambio climático y los derechos de los animales, pero brillan por su ausencia en una marcha por la libertad. A los padres “modernos” les cuesta poner límites, y la línea entre lo que se respeta y lo intolerable ha quedado sepultada bajo el lugar común de un relativismo barato y acomodaticio, ese que se escuda en la corriente del momento para cancelar a los disidentes.

Poco podemos hacer como ciudadanos contra la impunidad, salvo denunciarla y hacer vigilia. Pero está en nuestras manos recuperar una cultura de responsabilidad individual por el propio destino, para que la sociedad deje de creer en la absurda promesa del Estado de bienestar.