Columnas

Bernardo Tobar: ¿Viva Quito?

Una ciudad con alma y tradiciones, patrimonio cultural de la humanidad, llegó a desustanciarse en una urbe anodina...

Quito fue ciudad de coplas y requiebros, de inocentadas y piropos, de calles pausadas y plazas galantes, donde el aspirante sentimental podía encaramarse en un muro a rasgar un sereno sin ser tomado por sicario, y el aficionado taurino celebraba una faena sin ser tildado de asesino. Era una ciudad con buen gusto y buenas maneras, cultivadas sin distingo de clase, cuando la cultura y el sentido estético eran todavía un valor popular. 

Era una ciudad atrevida y rebelde, pero encastada, pegada a sus raíces. Hasta alcanzar la calle Orellana, por el norte, conservó en su arquitectura el respeto a las proporciones, el culto a la teja, la simetría barrial y los espacios para las improvisadas chanzas de los jubilados, las exhibiciones de arte y las escenas teatrales de vereda. Era, todavía, una ciudad caminable, que transpiraba cierto aire de pasodoble a mediodía y aromas de tabaco, ron y sanjuanito por la noche. Era una ciudad amable y comunicativa, con gentes que se visitaban con espontaneidad.

No digo que haya sido poblada de santos, ¡Dios nos libre! Lo que señalo es que hasta el pecado y el incordio se practicaban con estilo, pues lo censurable de lo hecho no necesariamente elimina la elegancia en el hacer. Había sal quiteña en el ánimo colectivo. La gente ponía tanta gracia en el desplante y la contradicción, como en el cortejo y la seducción, y hasta el duelo de los enemigos seguía unos códigos de honor, como evitar el ataque sorpresivo o la cobarde golpiza en cuadrilla, con desigualdad numérica y registro visual, humillación que hoy abunda en redes.

¿En qué momento se jodió Quito? Una ciudad con alma y tradiciones, patrimonio cultural de la humanidad, llegó a desustanciarse en una urbe anodina, contaminada de reguetón, atestada de edificios horrendos, muchos de ellos suplantando joyas coloniales, sofocada bajo una telaraña de cables, ensuciada por carteles vómicos y un sistema arterial atrofiado por el colesterol automotriz. Y otro tanto puede decirse del talante crispado de su gente, más proclive al bocinazo que al saludo, inhibida por la desconfianza sistemática del otro. Sospecho que a esto nos han conducido en buena medida las leyendas negras, la fobia incubada contra las élites, el afán de igualarlo todo por su extremo más burdo. Una sociedad que socava a sus líderes en el arte, la literatura, la empresa u otros ámbitos, se condena a la mediocridad.