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Juan Carlos Díaz | Cuando la ley no protege

Avatar del Juan Carlos Díaz Granados

Las normas solo protegen cuando las instituciones son capaces de hacerlas cumplir

Cada año, el Día Internacional de la Mujer invita a reflexionar sobre una realidad persistente: la violencia contra las mujeres. Se repiten cifras, diagnósticos y declaraciones institucionales. Pero hay un aspecto que suele quedar en segundo plano: la eficacia del sistema de justicia.

Con frecuencia se afirma que esta violencia responde a patrones culturales arraigados. Es cierto, pero no es suficiente. Las normas solo protegen cuando las instituciones son capaces de hacerlas cumplir. En toda sociedad, la cultura convive con el derecho. Y es la ley la que establece los límites que ninguna conducta debería cruzar sin consecuencias.

Ecuador cuenta con legislación destinada a prevenir y sancionar la violencia. Existen procedimientos judiciales y medidas de protección orientadas a resguardar a las víctimas. El desafío surge cuando esas herramientas no se aplican con la rapidez y eficacia que la situación exige.

Para una víctima, el tiempo no es una variable administrativa. Una denuncia que tarda en tramitarse o una medida de protección que se demora puede significar que el riesgo continúe. La respuesta tardía de las instituciones, en estos casos, no es solo una dificultad procesal: puede convertirse en una forma de desprotección.

A esta realidad se suma un desafío institucional más profundo. Durante años la justicia ecuatoriana ha estado expuesta a tensiones políticas vinculadas al diseño de organismos como el Consejo de la Judicatura y el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, responsables -directa o indirectamente- de la administración, evaluación y control de la carrera judicial. Cuando las instituciones que gobiernan la Función Judicial se ven atravesadas por disputas políticas, la independencia se debilita y la justicia pierde estabilidad.

La independencia judicial, consagrada en la Constitución, no es una abstracción. Es la condición que permite que la ley proteja a los ciudadanos. Fortalecerla exige reformas institucionales que garanticen jueces independientes, procedimientos ágiles y un sistema capaz de responder con oportunidad. Porque cuando la justicia no funciona, los derechos dejan de ser garantías y se convierten en promesas. Las promesas no protegen a nadie.