Cartas de lectores | No es labia, es acoso
Cuando la insistencia se vuelve presión deja de ser interés y se convierte en acoso
El respeto es uno de los valores más esenciales en toda sociedad. Una práctica diaria que implica reconocer la dignidad, derechos y límites de cada persona. Entender que todos merecemos consideración, aunque no pensemos igual. Por generaciones hemos hablado de valores, ética y moral; sin embargo, la realidad nos obliga a preguntarnos si realmente enseñamos respeto desde la raíz, porque este comienza en casa, se forma en la infancia y se aprende observando a los padres y mayores, escuchando sus palabras y viendo sus acciones. Los hijos varones, en especial, deben crecer entendiendo que una mujer no es un objeto de conquista, ni un premio, ni una posesión. Es una persona con voluntad, voz, sentimientos y derecho a decidir. Las escrituras dicen que la mujer es un “vaso frágil”. Pero más allá de cualquier interpretación religiosa o cultural, la verdadera fragilidad no está en ella, sino en una sociedad que no ha aprendido a respetarla. ¿Si educáramos a nuestros niños con principios firmes de ética, empatía y autocontrol, con verdadero respeto por las mujeres, existirían tantos casos de acoso, ataques, violencia, violaciones o femicidios? Cuando una mujer dice no, es no. Insistir después de un rechazo no demuestra hombría ni seguridad sino incapacidad de aceptar la voluntad ajena. Cuando la insistencia se vuelve presión deja de ser interés y se convierte en acoso. Respetar a la mujer es no tocarla si ella no lo desea, no robar un beso creyendo que es halago, y no forzar decisiones, emociones ni situaciones. Vivimos en una sociedad donde muchas mujeres callan: por miedo, por vergüenza o por no ser juzgadas. Ese silencio pesa, hiere, muchas veces protege al agresor y deja sola a la víctima. Este tema bien podría llamarse ‘Lo que callamos las mujeres’, porque lo que no se denuncia se normaliza y lo que se normaliza termina creciendo hasta convertirse en violencia abierta. El respeto a las mujeres no es un privilegio ni una concesión; es un principio básico de humanidad. También existen hombres que respetan profundamente a las mujeres y para ellos mi reconocimiento; son ejemplo de dignidad y convivencia. Para quienes aún no lo hacen, nunca es tarde para cambiar y reconsiderar comportamientos negativos y dañinos. Porque cuando una sociedad falla en respetar a sus mujeres, en realidad está fallando en respetar la vida, la dignidad y el futuro de todos.
Isabel Vinueza García