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Bernardo Tobar: La reforma tabú

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El enemigo del trabajador no es el empresario, ni viceversa. Es una mentalidad atrancada, aversa al riesgo

Apenas entre el 30-40%, según la época, tiene un empleo regido por el Código del Trabajo (CT). Una minoría crónica, incluso cuando el sector público despilfarraba a tontas y a locas. ¿Por qué no se logra sustituir una ley que ampara a una minoría al costo de privar a la mayoría de oportunidades laborales? ¿Qué fuerzas lo impiden? ¿Es torpeza colectiva, liderazgo empresarial débil, influencia mafiosa o cobardía política lo que ha mantenido intacto en lo esencial un código nefasto mientras la constitución se sustituyó seis veces?

¡Seis veces desde el CT de 1938 ha cambiado la norma suprema!, y así y todo no faltará quien venga con la muletilla de la intangibilidad de los derechos laborales, en un país donde se han tocado a muerte jurídica veinte cartas políticas. Sobre esta materia pesa un dogmatismo digno de concilio ecuménico y un provincianismo sordo a las lecciones históricas: ¿qué caracteriza a las economías exitosas en la generación de empleo? Que en todas esas jurisdicciones las relaciones laborales son flexibles y elásticas, como lo es por definición el mercado en que se insertan, y su terminación no está sujeta a indemnizaciones que no hayan sido pactadas ni a interferencias gubernamentales, ni existe jubilación patronal ni rosario de cargas regulatorias que empujan a los pequeños emprendedores a la informalidad.

En este tema aflora la mentalidad sudaca, que más que a falta de educación se debe a exceso de prejuicios. La idiosincrasia de un pueblo determina su progreso, la calidad de sus instituciones, el respeto a la ley, la grandeza de sus metas. La inseguridad colectiva sobre la propia capacidad se hace patente en ese grito de sí se puede, que es a toro pasado la manera de exorcizar la duda previa a la embestida, la duda que los ganadores jamás entretienen. No es por falta de recursos o talento que este bello país produce, por ejemplo, ocho veces menos que Suiza, país que tiene la mitad de la población y un territorio seis veces menor, sin mar, petróleo o minería.

El enemigo del trabajador no es el empresario, ni viceversa. Es una mentalidad atrancada, aversa al riesgo, refractaria al mérito, proclive al igualitarismo, reacia a competir y adicta al proteccionismo. El CT es su producto más acabado. Y aunque la sociedad ha avanzado culturalmente, subsisten las ideas fallidas en una masa crítica suficiente como para obstruir el desarrollo nacional.