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Bernardo Tobar | Cristianismo y Occidente

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En el libro del Génesis sabemos que Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen

El escritor Pérez-Reverte, un escéptico religioso, afirmó que el libro fundamental para entender Occidente es la Biblia. Con la tendencia a expulsar a Dios, iniciada por Adán al decantarse por el fruto prohibido, se atribuyen los pilares de nuestra civilización al humanismo renacentista, al racionalismo de la Ilustración y sus hijos políticos, la Revolución francesa y la independencia de Estados Unidos, como si la libertad, el Estado de derecho, la igualdad, la fraternidad o la tolerancia religiosa no hubieran sido alumbrados por el cristianismo.

Libertad, sin la cual todo lo demás no pasaría de ser mero capricho del príncipe, es en los textos sagrados atributo esencial del hombre, derivado de su filiación divina, anterior, en consecuencia, a la ley estatal. Sin admitir el toque de una mano todopoderosa en el origen del hombre -evolutivo o primigenio-, no hay manera lógica de reivindicar la inmanencia de sus derechos y su preeminencia sobre la voluntad del legislador -o del pueblo soberano, para quienes prefieran la ficción colectivista de Rousseau-. La moral laica, en cuanto construcción humana, no tiene más fuerza que las leyes que la expresan ni más estabilidad que su fuente, la convención mayoritaria.

Por el libro del Génesis sabemos que Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen, y que en esta relación filial no hay distinciones. Luego Jesús quiso disipar cualquier pretensión jerárquica de sus fieles advirtiendo -Mateo 23:8- que solo hay un Maestro; los demás son todos hermanos, principio de la fraternidad. En los Evangelios forman hombre y mujer por el matrimonio una “una sola carne”, afirmando una característica esencial de la familia cristiana: ningún cónyuge está por encima del otro.

En cuanto a la ley como límite de gobernantes y gobernados, son tan contundentes la parábola de la Viña de Nabot y el pasaje del Deuteronomio conocido como La ley del rey, que la Escuela de Salamanca, ya a inicios del siglo XVI, sustentó sobre estos textos la fórmula jurídica de sujeción del soberano al Foro -la ley local-, que fue una tradición de los Reyes Católicos, a diferencia del absolutismo francés -“El Estado soy yo”, de Luis XIV-, que pagaron los monarcas galos con su cabeza, y del británico, que le costaría a Ana Bolena la suya, tras la ruptura de Enrique VIII con Roma.

El cristianismo es el marco y el lienzo que soporta la identidad de Occidente.