Bernardo Tobar Carrión | Fuego de San Telmo
Pocos barruntan las consecuencias de tanto poder concentrado en la Ciudad Prohibida y sus implicaciones
Con este nombre del patrón católico de los marineros se bautizó al resplandor de color azulado que parecía encender con fuegos danzantes la galleta de los galeones, un fenómeno en sí mismo inofensivo que despertaba la curiosidad lúdica en el ojo inexperto, pero que para el navegante experimentado presagiaba una peligrosa tormenta, el rayo devastador.
Cuando Trump atendió el foro en Davos hacia el final de su primer mandato, muchos asistentes, la prensa y especialmente los líderes europeos solo vieron el fuego de San Telmo. Mareados o escandalizados por el estilo coloquial del presidente norteamericano, cuya imagen ha sido caricaturizada por la propaganda, y cuyas frases y propuestas hacían saltar por los aires los lugares comunes, lo miraron por encima del hombro, desde esa superioridad farisaica de las élites progres. Los papeles se han invertido y el último encuentro en Davos mostró a un Trump dominando la escena, hablándoles a los jefes de Estado con ese aire paternal y distendido que probablemente emplea con sus nietos y aprendices, y siendo escuchado con igual reverencia. El cambio también fue de fondo, pues los dogmas de la mafia caviar, como la agenda 2030, el Pacto Verde y otros tópicos del estado de bienestar, que han convertido a Europa en una región económica, militar y políticamente irrelevante, pasaron a segundo plano frente a la independencia energética, la reindustrialización, la desregulación.
Este es el sacudón visible, el realineamiento inmediato, pues la estrategia de largo aliento, la verdadera tormenta, aspira a revertir el declive norteamericano frente al silencioso avance de su principal rival estratégico, que no está en Moscú sino en Pekín. La presión ambientalista en Occidente sobre todo proyecto de cierta escala y la promesa de productos baratos que implicaba la globalización vaciaron paulatinamente las industrias y aniquilaron hasta la pequeña tienda de barrio, facilitando el ascenso del gigante asiático a principal actor de la cadena de suministro global. Dicho en términos llanos, Pekín controla desde un dispositivo digital, el ingrediente activo de la penicilina hasta los elementos necesarios para fabricar armamento. Pocos barruntan las consecuencias de tanto poder concentrado en la Ciudad Prohibida y sus implicaciones para la economía y la supervivencia de Occidente como civilización. Washington parece tenerlo claro.