Bernardo Tobar Carrión | Dos historias
Estados Unidos tuvo en su raíz colonial un sistema de gobierno sometido a asambleas y ordenado a la defensa de la propiedad
América fue el teatro de dos historias muy diferentes de transferencia cultural europea, cuyas colonias británicas dieron origen al país más próspero y poderoso del planeta, mientras que las españolas…, pues son lo que son.
Un hecho que ha pasado por anecdótico a pesar de su significación conceptual es la traición de Bolívar a Miranda, quien estaba al mando de la insurgencia hasta que aquél, su lugarteniente, pagó su libertad entregando a su jefe, que fue a morir en un calabozo en Cádiz. Francisco de Miranda había buscado el apoyo inglés para la independencia y tenía una inclinación clara por el diseño institucional que los colonos del Caroline llevaron consigo cuando desembarcaron en las playas del estado que hoy lleva ese nombre: el derecho de dominio y la representación de sus titulares en asambleas, sin cuya legislación el rey no podía imponer tributos, que no se consideraban una prerrogativa del monarca, sino una afectación a la propiedad que necesitaba aprobación parlamentaria. John Locke tenía estos principios como el fundamento último del Estado de derecho.
Al sur de Río Grande el modelo institucional fue otro. Rigió la encomienda, que mantenía la propiedad de la tierra en la Corona y otorgaba al encomendero, lo que llamaríamos hoy un enchufado, una concesión para recibir un tributo de los indígenas, que se cumplía con trabajo. El contraste fue marcado frente al caso angloamericano, donde el acceso a la propiedad y la consiguiente representación política nacían de la norma, no del arbitrio real; y también suponía dedicación y esfuerzo personal de los propietarios en la preservación y multiplicación patrimonial, pues no había una figura legal que obligara a los indígenas norteamericanos a servir gratuitamente. Estados Unidos tuvo en su raíz colonial un sistema de gobierno sometido a asambleas y ordenado a la defensa de la propiedad, que era de acceso común e inicialmente, libre. En el resto del continente prevaleció un esquema basado en concesiones oficiales y mano de obra gratuita, origen de una cultura que valora las relaciones de poder más que la regla de derecho y confía en los resortes palaciegos antes que en la iniciativa autónoma y el mérito personal.
No sorprende que el ‘Libertador’ haya querido erigirse en el primer emperador vitalicio, muy a la francesa, trasplantando el modelo napoleónico a la poco republicana Constitución de Bolivia.